Cerró su empresa en Uruguay y halló su destino en un pequeño pueblo bonaerense donde abrió un restaurante único

“Quiero una estrella Michelín”, confiesa Elcira Colombo, una cocinera uruguaya que tuvo varias vidas en una y que construyó con sus propias manos un restaurante circular con 56 fardos, en Argerich, un pueblo de apenas 70 habitantes en el partido de Villarino, en el sur de la provincia de Buenos Aires.

El emprendimiento es único en el país y se ha convertido en un lugar de culto. No tiene menú fijo, sino que ella lo piensa cuando entra a la cocina. Sus clientes recorren cientos de kilómetros para probar sus platos. “Nunca antes había cocinado, la vida me regaló esta oportunidad”, aclara. Mal no le va. Trabaja todos los fines de semanas con reservas completas.

El salón de El Rancho de Elcira (Fabian Marelli/)

“La gente aplaude mis platos, no entiendo por qué”, afirma Colombo desde su cocina, un laboratorio de sabores y nuevos aromas que crea confiando en su intuición y valiéndose de los productos de la “comarca de la 22” que concentra a emprendimientos productivos que están a un costado de esta ruta que penetra el desierto patagónico y el alto valle.

“No leo libros de cocina, voy mezclando sabores y siempre sale algo nuevo y rico —afirma—. Está todo en mi cabeza”. Las ollas y los fuegos esperan sus señales. “Por lo general hay una base de carne, pero mientras amaso el pan, voy pensando el menú”, sostiene. Esta incertidumbre es la clave de por qué El Rancho de Elcira (así se llama) ha revolucionado al pequeño pueblo y esta tierra que está en la puerta de la Patagonia bonaerense.

“Es una experiencia muy distinta a cualquier otra”, aclara Marcos Kunich, director de turismo de Villarino. “Elcira crea un ambiente muy hogareño, volvés a probar la comida que hacían nuestras abuelas”, afirma.

¿Las claves del éxito de sus platos? “Creo que tiene que ver con el amor con el que los hace”, sostiene Kunich. Pastas, guisos, carnes: nadie sabe qué comerá. “No hay una carta de menú, son platos personalizados, hechos únicamente para ese momento. Son caseros, pero sofisticados”, agrega.

Elcira Colombo había abierto un restaurante en Uruguay pero no tenía experiencia como cocinera (Fabian Marelli/)
El restaurante no tiene un menú fijo (Fabian Marelli/)

El “Rancho” se ha convertido en una atracción turística. “Viene gente específicamente desde diferentes ciudades no solo para comer, sino para oír las historias de Elcira”, agrega Kunich.

“Nunca me sentí apta para cocinar hasta que cociné”, declara Elcira. Su vida puede ser un guión para una serie. Arranca en Tala, un pequeño pueblo que fundaron sus tatarabuelos en el departamento uruguayo de Canelones.

“Somos canarios”, afirma, refiriéndose al origen de su familia, datado en las Islas Canarias. En 1968 conoció a un hombre que trabajaba en una estancia en Tornquist, en el sudoeste de Buenos Aires. Se casaron y vivieron en el campo hasta 1983. Tuvieron cuatro hijos. Días antes de una Navidad, se fue con ellos para Uruguay. Su marido se quedó trabajando, con la promesa de viajar para las fiestas. “El 15 de diciembre murió en un accidente en la ruta”, cuenta Elcira. La vida le cambió por completo.

“Vine sola a sepultarlo y volví a Uruguay”, afirma. De nuevo en su país, debió barajar las cartas de su destino. Siempre tejió, y allí vio una señal. En poco tiempo y con mucho trabajo montó en Montevideo una fábrica textil que fue una de las más reconocidas en Uruguay. Corría el año 1987. Se transformó en una mujer influyente y respetada. Relpa’s, su marca, logró imponer tendencia en el vecino país. La vida nuevamente iba a darle un portazo. En la segunda mitad de los 90, comenzó a llegar ropa de China a un costo imposible de competir. Los días de su fábrica, y la de tantas otras en todo el Cono Sur estaban contados.

“En 1997 hice mi último desfile”, recuerda. Sin poder tener un margen ante la invasión china, cerró. “Tuve que despedir a 80 mujeres”, confiesa aún con tristeza. “Me ofrecían trabajar gratis por un año”, agrega. No hubo retorno en la decisión. Les regaló todas las máquinas para que pudieran continuar con emprendimientos propios.

Al año siguiente abrió un restaurante en la fábrica. Lo llamó Casa Rosada. Rápidamente la propuesta de comer en una exfábrica textil funcionó. “Decían: solo falta que venga Menem”, afirma. La clase política frecuentó el comedor. “Nunca cociné”, reafirma. Simpatizante del Partido Colorado, sus principales figuras fueron clientes, pero tenía un vecino importante del Frente Amplio: José “Pepe” Mujica. “Un día vino a casa para que le hiciera la cena del cierre de campaña en 1998: nadie se la quería hacer”, confirma Elcira. Le puso condiciones al futuro presidente uruguayo: “No quiero bombos, ni colores del Frente Amplio y por favor: me pagás por adelantado”, recuerda Elcira. Respetuoso y caballero, Mujica aceptó y cumplió.

Un sueño frecuente

Inquieta, sintió que debía moverse: “Todos los días iba a llorar al Río de la Plata”. La angustia por el cierre de su fábrica la perseguía. Tenía un sueño extraño: “Un lugar al sur de Argentina que se llamaba Bolivia, dos hombres, uno con sombrero y otro sin un ojo”, afirma. “Con ellos hallaba mi paz interior”.

Una noche del año 2000, después de terminar de trabajar, reunió a sus empleados en el restaurante y les comunicó: “Vamos a cerrar y yo no voy a volver nunca más”, les dijo. Para ese entonces sus cuatro hijos habían regresado a la Argentina. Tomó un colectivo, cruzó el charco y se fue a la Patagonia. “Pensé que esa Bolivia era Caleta Olivia, y hacia allí fui —cuenta—. Y no me desperté cuando pasamos”. Se había quedado dormida, y siguió de largo en un micro que la llevaría al fin del mundo.

Finalmente terminó en Ushuaia, se hospedó en una casa en las afueras y al despertarse al día siguiente halló señales: la visión del Monte Olivia, el arroyo Olivia y la presencia de dos huerteros: uno sin un ojo y el otro, con sombrero. “Había hallado la Bolivia de mi sueño”, afirma. Estuvo unos años y subió para el norte hasta Argerich. “Vi en el pueblo el amanecer más lindo, y me quedé”, rememora. En el año 2013 asistió a un encuentro de constructores naturales. Vio otra señal: pasaron un video con una casa hecha de fardo de la reina Isabel en Inglaterra. “Eso quería”, afirma.

¿Por qué un restaurante de fardos? “Quería hacer un lugar sustentable para comer con mis amigos”. Así fue que llamó a un amigo del pueblo y le propuso la aventura. “El único diseño que tenía era el recuerdo del video que había visto en el encuentro”, sostiene. Necesitó 56 fardos y tres años para construirlo. Le dio una capa final de cemento

En 2016 cuando lo terminó, invitó a sus amigos. “Algo pasó: a todos les gustó mi comida”, dice. Fue el comienzo de una nueva etapa en su vida. Los platos, la forma de hacerlos y de presentarlos volvieron a Elcira un personaje de la ruta 22 y del sur de Buenos Aires.

“La vida me regaló esto: la cocina”, afirma. Sin tener ninguna experiencia en los fuegos, a través de los años logró la excelencia. Cerdo con salsa de canela, cordero arrollado, tapa de asado tiernizada, ñoquis de jamón y queso, raviolones con higos son algunos de sus platos que la identifican.

El restaurante abrió en 2016 (Fabian Marelli/)
En Uruguay, su empresa textil quebró porque no pudo competir con las importaciones de China (Fabian Marelli/)
El Rancho de Elcira abre los fines de semana y debe hacerse reserva (Fabian Marelli/)

“Como todo en mi vida, voy viendo señales y así cocino”, reafirma. Y pone sobre la mesa su original método para cocinar: “Tener un menú me limitaría, en la cocina valoro mucho la libertad”, sostiene.

Entre este libre albedrío controlado existe un eje: la entrada. Siempre es la misma: bruschetta con jamón crudo. “Es irresistible, la hace de una forma especial”, afirma Carina Rabanedo, clienta y vecina de Hilario Ascasubi. “Y algo que valoramos: usa productos locales”, agrega.

Argerich, su lugar en el mundo, tiene peculiaridades. Está asentado sobre lecho de agua termal. El agua del grifo sale a 50°C. Allí Rubén Darío escribió su último poema. Los motoqueros lo usan como parada para proseguir viaje a la soledad patagónica, y los habitantes frecuentan el boliche de Caraballo a tomar un “Juancito”, un trago que creó un curandero que pasaba por la ruta, que aseguró que curaba todos los males. Elcira, no pretende ser menos y suma su “Cucaracha”, un chupito a base de Hesperidina, granadina y licor de chocolate. “No te vas del Rancho si tu “Cucaracha””, afirma.

Una bandera uruguaya está colgada en una de las paredes. “Amo a mi país, pero los argentinos disfrutan más de la comida”, concluye Elcira. “De acá no me muevo más”, advierte para dejar tranquilos a sus seguidores.