Julio de 2008. Han pasado solo unos días del voto “no positivo” del vicepresidente Julio Cobos. La Argentina todavía tiembla, fueron meses sísmicos. El sector agropecuario respira aliviado; el gobierno recalcula. Hace unas horas, presentó su renuncia el ministro de Agricultura y Ganadería, Javier de Urquiza; ahora es el turno del jefe de Gabinete, Alberto Fernández, quien alega que con su salida intenta darle oxígeno a la gestión de Cristina Fernández. La otra hipótesis es que nunca digirió la 125.

Transcurrieron más de trece años del conflicto que sacudió las placas tectónicas de la Argentina. Desde entonces, los caminos de la expresidenta y el actual jefe del Ejecutivo se bifurcaron. La mandataria desplegó un verbo cortante que, más allá de ciertos impasses electorales, persiste hasta el día de hoy. El segundo, más zigzagueante, pasó por el silencio, los estudios de TN, el massismo y el campamento de Florencio Randazzo. Siempre con un tono crítico hacia su antigua patrona.

Alberto Fernández vivió desde afuera el proceso de radicalización del kirchnerismo. Esa distancia, probablemente, le impidió incorporar su manual de crisis. A partir del enfrentamiento con el campo, la exmandataria estableció un modus operandi: la puerta de salida de cualquier crisis queda adelante, no atrás. De un conflicto se sale con otro conflicto. El objetivo es cambiar las coordenadas de la atención social. La ley de medios, las estatizaciones de YPF y Aerolíneas Argentinas y el matrimonio igualitario son pruebas contundentes de ello.

A este mecanismo Cristina Fernández lo acompañó siempre con enemigos bien definidos: el campo, el obispo Jorge Bergoglio, el juez Griesa, Alberto Nisman, Mauricio Macri, la justicia y, por supuesto, la conspiración eterna, Clarín. En la nitidez de esos estereotipos estuvo la fuerza de su épica. Cuanto más preciso el prejuicio, más profunda la gesta. Ernesto Laclau a cielo abierto. Simplificación, emotividad y el clásico guion dicotómico entre humilladores y humillados.

Pocos líderes en el país tuvieron la capacidad de Cristina para diseñar conflictos regulados. ¿Qué quiere decir esto? Implantar colisiones con alcances, adversarios y objetivos predeterminados. A partir de ellos erigió su capital social, político y electoral. A la salida de cada disputa contaba con más poder. Tomó como brújula la máxima maquiavélica: mejor ser temida que amada. Alberto, en cambio, transformó el mantra en un dilema que hasta el día de hoy no resuelve.

El Presidente solo supo producir una atmósfera histórica con la llegada del Covid-19, donde inclusive, superó a su promotora. Forjó lo que en comunicación política se denomina “efecto bandera”: colocó detrás de su narración a casi todo el país. Sin distinción partidaria, geográfica o social. Situación excepcional de homogeneización que, por lo general, se desarrolla en contextos de guerra. Pero Vicentín terminó con ese “nosotros” tan elástico y trajo otra vez el “ellos”. Nuevamente, la interpretación de que el único motor de la praxis política es el enfrentamiento.

Para Cristina cualquier crisis era una oportunidad; para Alberto, una espiral. Quedó claro con el Olivosgate. En vez de mitigar el daño, lo retroalimenta. Desde que empezó el incidente, el mandatario no hizo más que agudizar el problema. Atravesó todas las fases: negación, tercerización de la culpa, perdón, enojo y compensación (resta todavía la etapa judicial). En todo momento se mantuvo en el centro de una escena que lo desgastaba. Nunca pudo salir de ese encuadre adverso y retomar la discusión electoral.

Al igual que su predecesor, Mauricio Macri, Alberto Fernández consume más agenda de la que produce. Dicho de otra manera: sufre los acontecimientos en lugar de crearlos. Recordemos que el día que ofreció disculpas en Olavarría, antes de él ya habían admitido el error Victoria Tolosa Paz y Santiago Cafiero. Ni siquiera tuvo la novedad como recurso. Más que un gesto genuino y disruptivo, fue una obligación.

Son dos crisis considerables en un año traumático para la sociedad: el vacunatorio vip y el festejo del cumpleaños de Fabiola Yáñez en plena cuarentena de 2020. Ambas fueron artesanales e irrebatibles. Y por si no fuera suficiente, el Presidente mete adentro las pelotas que van afuera. Un ejemplo reciente: la relativización del adoctrinamiento ideológico de la docente escolar de La Matanza.

El rebote demoscópico está a la vista: algunas encuestas ya muestran cierta paridad entre Juntos y el Frente de Todos. Incluso, algunos hablan de un cisne negro paseando por la provincia de Buenos Aires. Pero más allá de las predicciones electorales, tan escurridizas últimamente, el Olivosgate terminó de cristalizar la carencia de una metodología propia por parte del Presidente: no enamora para administrar (Carlos Menem), tampoco sintetiza para gobernar (Néstor Kirchner) y, mucho menos, divide para reinar (Cristina Fernández). La comunicación es una herramienta de la política, pero también un síntoma.

Profesor, investigador y Director del Posgrado en comunicación política e institucional de la UCA