Siempre alegre, de buen humor, cantando y bailando. Rodrigo Lussich ha construido en torno a él un personaje que cada vez gusta más. Sin embargo, detrás de la máscara se encuentra una historia de vida, con sus dolores y sus tristezas, que muy pocas veces sale a la luz.

Sus anécdotas entre Uruguay y Buenos Aires, como parte de una familia nómade, han cruzado más de una vez el aire de Intrusos. Sin embargo, el entorno de P.H (Podemos Hablar), que lo tuvo entre los invitados de este sábado, permitió profundizar aun más su historia, y en el camino echar luz a momentos muy difíciles que tuvo que atravesar.

En ausencia de Andy Kusnetzoff (por el nacimiento de su hijo León), fue Verónica Lozano la encargada de llevar adelante el programa de este sábado, y en tren de confesiones decidió ir por aquellos invitados que “habían llevado a los padres a terapia”. Tal vez no lo sabía, tal vez sí. Pero la pregunta dejó serio al periodista de espectáculos, que dio un paso adelante para contar su historia.

“Uno siempre lleva a los padres a terapia -comenzó Lussich-. Hace veintipico de años que me psicoanalizo, así que han pasado y desfilado de ida y de vuelta siempre. Mi vieja es una mujer que adoro. Tengo a mis viejos lúcidos, vitales y enteros. Más allá de haber perdido mi concepción de familia a los cuatro años”.

La revelación, contada al pasar, dejó sin palabras a sus compañeros de la noche: Graciela Alfano, Rodrigo “Vagoneta” Rodríguez, Gerardo Romano y Analía Franchín. Lozano, también sorprendida, decidió preguntar por qué decía eso. Y Rodrigo continuó con su relato: “A mis cuatro años se separan mis viejos. Habían estado diez años juntos, y todavía eran muy jóvenes, tendrían 27 o 28 años. A partir de ahí yo siento que hicieron lo que pudieron, eran chicos, estamos hablando de la época de los 70, dictadura en Uruguay. Ellos trataron de romper ciertos moldes de familia muy católica y conservadora, hacer otra vida. Vivíamos en comunidades”.

De aquella unión, más las que vinieron después, Lussich tiene siete hermanos, y también el recuerdo de una madre que un día pateó el tablero y dijo basta: “Mi mamá es una mujer que ha laburado, que se ha sacrificado, que ha hecho lo que ha podido. Y uno la ha llevado a terapia porque también por momentos ha tenido que perdonarla. Cuando se separó de mi papá, seguramente sintió que tenía que romper con una estructura de familia que no bancaba, y se va con una compañía de teatro a Brasil, a trotar los mundos. Yo tenía cuatro o cinco años, era muy chiquito”.

Lejos de victimizarse, los años de terapia llevaron al conductor de Intrusos a darle a la historia una nueva perspectiva: “Igual eso no tuvo una repercusión en mí que sienta que me marcó de un lugar solmene o trágico, pero claramente tuvo sus efectos. Yo no me sentí abandonado, si la llevé a terapia tiene que ver con entender y perdonar desde un lugar de saber que hizo lo que pudo, de no crucificarla. La terapia es el lugar que yo encontré para poder pasar esas situaciones. Porque después mi vieja se ha jugado y se ha roto el alma por nosotros”.

Enseguida, Rodrigo contó la otra cara de la historia, la de una madre que también dio todo por ellos, esta vez del otro lado del charco: “Cuando nos vinimos a vivir a Argentina, vendíamos café en la calle, salíamos todos a laburar. Yo tenía 12 años, a la mañana iba a la escuela y a la tarde salía a la calle con el termo y los bidones a vender café”.

Sin asignaturas pendientes, y con un vínculo con cicatrices pero recompuesto, Lussich reafirmó estar muy orgulloso de la familia que le tocó, y de lo que aprendió de ella: “Lejos de cuestionar a mis viejos, yo les agradezco. Porque lo que soy y pude ser en la vida tienen que ver con esas experiencias. A mí mis viejos me inculcaron el valor más importante, que es el de la libertad. Eso no lo comparo con nada. Cuando vos sos libre, el cielo es el límite”.