De riguroso jaquette, avanza por la alfombra roja con una diva de los setenta de un brazo y una rubia despampanante del otro. Es la noche de la inauguración del festival de cine de Mar del Plata. La gente lo reconoce y él saluda orgulloso. No es un actor, aunque se mueve frente a los flashes como si lo fuera. Es Norberto Oyarbide. Corre 2009 y él es el juez federal que concentra las causas más sensibles contra el poder. Está a punto de indagar a Mauricio Macri en la causa de las escuchas ilegales de Ciro James y de sobreseer al matrimonio Kirchner por enriquecimiento ilícito. Está en el apogeo de su carrera.

Tres años después, en 2012, Roger Federer y Juan Martín Del Potro juegan un partido de exhibición en Tigre. Un laser rojo encuentra al juez en la zona de los asientos VIP y el estadio estalla: “Oyarbide botón, Oyarbide botón, sos un hijo de…”. El resiste estoico unos minutos, pero finalmente se levanta y se va.

Para entonces, Oyarbide no estaba dispuesto a cambiar, pero su carrera había entrado en una decadencia irreversible, alimentada por relaciones promiscuas con el poder político y un largo historial de escándalos que mezclaban noches de copas en Esperanto, bailes con la Mona Jiménez, joyas impagables y denuncias de mal desempeño. Oyarbide renunció en 2016, tres meses después de que asumiera como presidente Mauricio Macri, a quien él había procesado por “asociación ilícita”. Para ese entonces, el juez había perdido el apoyo del kirchnerismo y estaba acorralado por las causas que avanzaban en su contra en el Consejo de la Magistratura.

Jubilado, tampoco aceptó retirarse de la vida pública. En febrero de este año se convirtió en columnista del programa de radio de Coco Sily en Radio 10. Llegó el primer día vestido de gala, con un bolso Louis Vuitton y una botella de champagne. La aventura no duró mucho. A los tres meses ya no iba a la radio y sus salidas se fueron haciendo cada vez más esporádicas. Su última aparición pública fue el mes pasado, el día de su cumpleaños número 70. Cuentan en su entorno que almorzó con amigos y que habría sido entonces cuando se contagió de coronavirus. El jueves 1° de julio fue internado en el IADT, donde falleció hoy.

La renuncia, que el macrismo aceptó de buen grado, le evitó a Oyarbide volver a enfrentar un jury, como lo había hecho en 2001. El 11 de septiembre, mientras en Nueva York acababan de caer las Torres Gemelas, los senadores del PJ reunieron los votos para un empate y lo absolvieron. Se cerró así el juicio político que Oyarbide afrontó ante la Cámara alta, señalado como cliente VIP de Spartacus, un burdel gay, y acusado de haber protegido una red de prostíbulos.

Una década más tarde, cuando a los jueces ya no los investigaba el Congreso sino el Consejo de la Magistratura, había vuelto a acumular una pila de denuncias. Durante años las postergó gracias al apoyo del kirchnerismo hasta que, con el cambio de gobierno, creyó que necesitaba un acercamiento con la nueva gestión para subsistir en Comodoro Py. Lo intentó vía Daniel Angelici y activó causas contra el kirchnerismo (procesó, por ejemplo, a Amado Boudou). Esta vez no hubo forma. Macri, que por el fallo que firmó Oyarbide estuvo años procesado, lo definía como “el peor de los jueces”. Tampoco sus colegas estaban dispuestos a defenderlo. “Se lleva la marca”, decían en otros tiempos. Ahora estaba solo.

Renunciar fue para él un lujo. El Consejo lo investigaba por haber frenado una veintena de allanamientos luego de una llamada de un funcionario kirchnerista que por entonces tenía despacho en la Casa Rosada, Carlos Liuzzi, segundo del entonces secretario legal y técnico Carlos Zannini. El propio Oyarbide admitió la llamada y la justificó. Además, tenía una causa penal abierta en Comodoro Py por enriquecimiento ilícito, un expediente que sigue abierto, pero en el que nunca fue citado a dar explicaciones sobre su patrimonio.

“Jamás tuve ningún tipo de presión. Me voy porque todo en la vida tiene un principio y un final. Me voy porque necesito otras cosas para mi vida”, dijo el juez cuando presentó su renuncia. Dos años después, citado como acusado en la causa de los cuadernos de las coimas, su versión fue otra. Dijo que había recibido “reclamos” de personas cercanas a Néstor y Cristina Kirchner para que él les cerrara su causa; cosa que hizo en tiempo récord. “Uno de los que recuerdo es Javier Fernández y el propio Jaime Stiuso”, dijo. Ese mismo día, en la puerta de los tribunales agregó: “Me apretaron el cogote para sacar las causas de los Kirchner”. El 30 de diciembre de 2018, al filo de la feria judicial, su excolega Marcelo Martínez de Giorgi lo sobreseyó.

Desde “pinche”

La carrera de Oyarbide en Tribunales había empezado como “pinche”, el último escalafón. En 1993, cuando Carlos Menem era presidente, lo designaron al frente de la fiscalía federal N°1, la única con competencia electoral. Un año y tres meses más tarde, ya era titular del Juzgado Federal N°5, el que ocupó hasta que renunció. Su pliego de juez lo aprobó el Senado con la oposición del radicalismo.

Oyarbide relataba con orgullo que su llegada a Buenos Aires no había sido fácil. Que paró en varias pensiones baratas y que su primer trabajo fue barrer pisos en una empresa de electrónica. En 1980 se recibió de abogado en la UBA. Fue el primer abogado de su familia. Su padre tenía una peluquería de hombres en San José, Entre Ríos, y su madre trabajaba en una empresa telefónica. Con ella él tuvo siempre una relación de devoción. Cuentan en los tribunales que durante mucho tiempo paso noches en vela para cuidarla y dormía la siesta en un spa del centro, adonde los secretarios le llevaban los fallos para que él los firmara.

Por años, todos sus movimientos fueron acompañados por un séquito de custodios de Gendarmería; de día y de noche. La estrecha relación de Oyarbide con las fuerzas de seguridad le fue siempre de gran ayuda. Dio clases durante más de diez años en la Escuela Superior de la Policía Federal y, en 1990, esa fuerza le otorgó un “diploma de honor al mérito”.

Su despacho de Comodoro Py, que hoy ocupa la jueza María Eugenia Capuchetti, experimentó un cambio rotundo. Hoy es moderno, blanco y despojado; en tiempos de Oyarbide tenía cortinas pesadas y un estilo barroco. Sobre su escritorio había una foto con su madre, una Biblia con tapa de nácar y una imagen de la Virgen. En 2008, mientras era juez, empleados de distintos juzgados se reunían a rezar el rosario en su despacho. Su fervor religioso se mantuvo hasta el final. “Todos los días rezo un rosario de rodillas frente a las estampitas que tengo”, contó este año en una de sus apariciones como columnista radial. Fue el mismo día que dijo que Comodoro Py era “el tren fantasma”.