En esta misma casa de la calle Lisandro de la Torre, este mismo tipo, treinta años atrás, ajustaba su banda de rock. Era 1981, tenían que telonear el show de Queen acá a unas cuadras, en la cancha de Vélez, y “En la cocina, huevos”, su tema insignia, no podía fallar. Les fue bien, aquella vez. Les fue increíble. Ahora son las tres de la tarde, es miércoles, es el año 2013 y el sujeto que viene ahí caminando se sigue llamando Miguel Mateos.

«Una flor de marihuana, un buen polvo a la mañana», arranca «Darlin», el track 2 de La alegría ha vuelto a la ciudad, su nuevo disco, el número 18, 19, Mateos ya no recuerda bien. Le pregunto qué hace fumando porro en una de sus canciones. «Es una licencia poética», dice Mateos. «Yo no tengo nada que ver con eso, pero conozco la arquitectura íntima de la canción y sé, de sobra sé, que el tipo que escucha tiene que quedar atrapado desde el arranque, la canción no lo debe soltar.» Para Mateos así es como se compone: no como él compone, sino como debe componerse según los manuales. Probablemente sea de los últimos músicos primera línea del rock nacional con formación de conservatorio, y por eso, a los 59 años, sigue respetando las reglas de su vieja escuela. A saber: los acentos caen donde deben caer, en acuerdo con la métrica, no como hace León Gieco que te canta «el puebló estará de fiestá»; se le llena la cara de espanto y sacude las manos negando el aire cuando le tarareo «La navidad de Luis». Pobre Mateos.

«Los 80 fueron un vértigo que se detuvo de golpe. Me fui de Argentina porque tenía que seguir trabajando y acá ya no podía trabajar más. No sé. No entiendo bien qué fue lo que pasó.» Mateos dice que no está resentido, que siempre hizo lo que quiso así que por qué tendría que estarlo, pero sabe que entre él y el público las cosas nunca volvieron a ser como eran. Sabe, Mateos, que un músico popular como él necesita el alimento del hit, del éxito masivo, del tema alta rotación, lo que desde hace algún tiempo le viene pasando a Tan Biónica, por ejemplo. Mateos llenó una década con canciones de ésas, las perdurables, y no está pensando en volverse un crooner sentimental que hace shows de sólo piano estilo café-concert. Acaba de hacer un disco folk-rock de puras guitarras encabritadas, porque quiere volver a descorchar. Una vez más.

Por Alejandro Seselovsky

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