PAPEETE.– La sonrisa amplia deja al descubierto una dentadura blanquísima que acompaña el cantito del saludo al recién llegado: ¡Maeva! (bienvenido, en tahitiano). Mientras reparten collares de tiare (flor nacional, blanca y con un aroma similar al jazmín y la gardenia) y con el sonido de los ukeleles de fondo, guías de distintas cadenas hoteleras se apuran para reunir a los huéspedes. Un ritual que se repetirá en cada uno de los destinos de este recorrido por algunas de las 118 islas que forman parte de la Polinesia Francesa, paraíso perdido en medio del Pacífico. A 10 mil kilómetros de la Argentina.

Casi como una reacción espontánea, apenas se pisa el aeropuerto de Papeete (capital de Tahití, la más grande del archipiélago de Sociedad) el estrés urbano se estaciona en cero y se sabe que en adelante la mejor estrategia será dejarse llevar por lo que la naturaleza (y el confort, claro) dicte. Infinidad de aromas, un abanico de colores pocas veces visto y sabores que nuestro paladar apenas conoce confirman todas las imágenes que la mente recrea cuando se piensa en un viaje a uno de los lugares más soñados y deseados del planeta.

Sin el glamour ni la tranquilidad de las demás islas que la rodean, Papeete es el punto obligado cuando se llega a la Polinesia y el centro neurálgico de su vida económica y social.

Luego de un vuelo de 15 horas (con escala en la chilena Isla de Pascua ), lo más aconsejable es planificar aquí un par de días, al menos para quienes deseen un acercamiento inicial con la cultura y la vida de los polinesios. Primer dato alentador: no importa si estamos en invierno o verano, las temperaturas serán siempre estables (entre 24°C y 27°C). Lo que diferencia a una estación de otra es la variación de la humedad ambiente. Es decir, se recomienda ropa liviana en la valija y buenas dosis de protector solar.

Con una seguidilla de locales de moda y puestos de comida al paso, el centro comercial de la isla no difiere del de cualquier ciudad pequeña. El punto de mayor interés es el mercado central. Dentro de un gran galpón se puede comprar fruta fresca, algunas especies, tes y, sobre todo, aceites corporales ( monoï ) de vainilla, coco y tiare. Si va en busca de las preciadas perlas negras, no se deje tentar por los puestos en la calle, haga el esfuerzo y visite algunas de las innumerables joyerías que rodean el mercado. Allí encontrará variedad de modelos y precios (unos 80 dólares las más pequeñas) y garantía certificada.

Después de las compras de rigor es hora de conocer la isla. La propuesta se aleja del mar: una visita al corazón de la isla a bordo de un Jeep todoterreno que toma velocidad y se pierde por las rutas que rodean al valle Papenoo, a 17 kilómetros de la ciudad. Al volante está Arnold Luccioni, nacido en otra isla, Córcega , y que como tantos franceses que se encontrarán durante el viaje desembarcó en la Polinesia con la idea de una mejor vida. La travesía incluye una visita a un marae (templo religioso del siglo XII), hoy en desuso, pero en el que muchos aún dejan alimentos y flores como ofrendas. «Para estos cultos religiosos, la cabeza es la parte más importante del cuerpo. Por eso se las cortan a los muertos y las esconden en cuevas», dice Arnold, mientras enseña en su smartphone algunas fotos de extremidades que descubrió monte arriba.

Detalles al margen, el tour continúa por caminos zigzagueantes, cascadas que asoman entre paredes rocosas y vegetación de todo tipo y color. Para el almuerzo, nada como los frutos típicos: mangos, ananá, coco y una especie de pomelo que a la vista se asemeja a un limón gigante, pero que en la boca se siente carnoso y muy, muy dulce.

Sobre el agua

En la Polinesia, las distancias entre una isla y otra se resuelven en tramos aéreos de no más de una hora. De Taihití a Raiatea, Air Tahiti demora unos 40 minutos en un vuelo con una tarifa de 23 mil francos polinesios (unos 270 dólares). Apenas aterriza el avión y a pocos metros de la pista, una pequeña lancha espera la llegada de los huéspedes del hotel Le Tahaa Island Resort & Spa , en la isla de Tahaa. Al llegar asoma una nueva postal de ensueño: el sol que cae sobre el muelle, los saludos de rigor y la escolta hasta los bungalows enclavados en la laguna que dejan a todos con la boca abierta.

Cuando se abre la puerta se descubre una amplísima habitación de madera con una inmensa cama y la atracción principal: una mesa de vidrio que deja ver el agua cristalina y los peces bajo nuestros pies. Afuera, un deck que permite bajar a darse un chapuzón y contemplar el cielo más estrellado que jamás se haya visto. Momento ideal para destapar una heladísima Hinano , cerveza típica del lugar que tiene una vahine (o diosa popular) dibujada en su etiqueta.

El día en Tahaa transcurre en la playa (en general son pequeñas, no fantasee con extensísimas porciones de arena), en alguna excursión lacustre o en el spa. En el del Le Tahaa Island Resort se puede tomar un masaje de media hora por 120 dólares (sí, nada en la Polinesia es accesible) y uno de dos horas y media para dos personas, por 800.

Para los que quieren salir del clásico programa de resort y probar algún plan alternativo y más exótico, una opción es hospedarse en un yate de lujo para recorrer las islas. La embarcación Senso, de la flota de Tahiti Yacht Charter , ofrece tres noches con tres posibles itinerarios por 1600 dólares. La tarifa incluye el servicio a bordo de tres tripulantes y el uso de todas las instalaciones de este bungalow de vela (cuatro cabinas dobles con baños privados, un amplio espacio interior que oficia de comedor y tres salas externas). En este recorrido, el almuerzo se sirve en la cubierta del Senseo, con vino blanco helado descansando en la frapera y un carpaccio de atún rojo con ensaladas como manjar principal. Más tarde, descanso al sol sobre un sillón inflable que se deja llevar por el agua. Nada mal.

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El paraíso en la otra esquina

Cuando se sobrevuela Bora Bora se comprueba lo que ya nos habían adelantado apenas llegados a Tahití: que el agua que rodea a la isla tiene al menos quince tonalidades de azul. La variedad de colores se intensifica como en una paleta de pintor a medida que la laguna (cubierta de arrecifes) se acerca al mar abierto. Y se entiende por qué este fue el lugar que enamoró a Paul Gauguin durante los últimos años de su vida.

Es uno de los lugares más visitados por los turistas de todo el mundo y el destino obligado de los recién casados que llegan a la Polinesia. El increíble paisaje y la hotelería internacional aseguran que la estada no será una más.

A la mañana siguiente continúa la aventura. Esta vez, el clásico y tan temido paseo: nadar entre tiburones. «Para nosotros, son como perros. No tan amistosos, pero si no se los molesta, no muerden», suelta entre risas Tuterai, un polinesio veinteañero que se proclama campeón de kitesurf de la Polinesia y que será el responsable de semejante plan. Pero su confianza no contagia demasiado cuando nos espera una jornada rodeados de escualos.

La pequeña lancha bordea la isla, pasa cerca del monte Otemanu, el más alto y una especie de vigía enclavado en medio de la laguna. Cuando llega al océano apaga su motor. Silencio. La sonrisa de nuestro capitán despierta apenas nuestras muecas nerviosas. Estamos apenas sobre ocho metros de profundidad. Tuterai saca una bolsa repleta de sardinas y comienza a arrojarlas al agua para llamar la atención de las principales atracciones del paseo. En pocos segundos se asoman al ras del agua dos… cuatro… seis aletas. Enseguida se suman muchas más. Es hora de calzarse las patas de rana, invocar a alguna deidad (si es del mar, mucho mejor) y zambullirse. El agua es cálida, transparente. Sumergidos y con el snorkel puesto el espectáculo se ve como un documental de la National Geographic en 3D. Los compañeros de la travesía parecen suspendidos en el agua mientras los rodea un cardumen de tiburones que en su mayoría no superan el metro de distancia. Salvo por el gris que nada en el fondo y que por el tamaño resulta más amenazante.

Sanos y salvos, es el turno de navegar hacia donde habitan las rayas. El agua no llega al metro y medio de profundidad y la adrenalina parece no dejar de crecer. Si bien no hay riesgo de mordeduras, las largas colas de las rayas que terminan en una especie de aguijón es razón suficiente para mirarlas con respeto. Aunque no es lo mismo que piensa Tuterai, quien las alimenta como si se tratara de pececitos domésticos, las toma con sus manos y las desliza por el cuerpo de algún turista desprevenido.

Las olas y el viento

Rangiroa no es una isla. Es el atolón más grande de la Polinesia, situado a una hora del aeropuerto de Bora Bora, y que visto desde el avión (o en el Google Earth) dibuja un anillo imperfecto de coral que rodea a una laguna interna en el archipiélago de Tuamotu. Aquí la vegetación se ve más agreste y el plan para el visitante incluye relax al máximo y horas bajo el agua para los amantes del buceo.

Después de un descanso en las suites del Kia Ora Resort , uno de los pocos hoteles del lugar (en su mayoría el alojamiento es en hosterías y pensiones), vuelven las emociones fuertes. A bordo de su pequeña embarcación Marcelo, un nativo de risa fácil y con buena parte de su cuerpo tatuado (el tatuaje forma parte esencial de la cultura de los polinesios), corta las olas de un mar embravecido por el viento. No va a ser un viaje fácil y como bien lo dicta la conciencia, vale para el caso una dosis de Dramamine que amortigüe el peso de las olas sobre la boca del estómago.

Una hora después de interminables sacudidas la llegada olvida cualquier percance. La Laguna azul es el lugar elegido para almorzar y para pasar la tarde. Una pequeñísima isla donde en ese momento somos sus únicos habitantes y donde el color de su nombre se refleja en el agua y en un cielo despejadísimo. Mientras prepara el almuerzo, Marcelo nos propone una caminata hasta la Isla de los Pájaros. Calzados con ojotas para nos lastimarse los pies con los corales bajo el agua, el paseo dura unas dos horas en total. De regreso, pescado y pollo cocido a las brasas y la caída del sol que anticipa que el viaje llegó casi a su punto final. Por delante, un viaje de vuelta tan intenso como la ida.

Bora Bora, la isla del tesoro para los enamorados

Bora Bora es uno de los destinos más visitados por mieleros y parejas de todo el mundo. Se calcula que el 70% de hospedaje en los hoteles es de recién casados. Y si bien muchos lugares cuentan con un kid’s club, no es recomendable pensar en este lugar para vacacionar con la familia completa o con amigos. Para los que buscan una estada a puro romanticismo y para los que acaban de pasar por el altar o quieren repetir el Sí, quiero, los principales hoteles ofrecen planes especiales.

El hotel Intercontinental cuenta con su propia capilla, con vista al Otemanu, en la que se puede celebrar una ceremonia al estilo polinesio con todos los aditamentos que los novios sugieran. En Le Meridien, las parejas cruzan en una balsa desde la capilla del hotel hasta la playa, donde músicos y bailarines los cortejan hasta un pequeño crucero que los lleva a ver la puesta del sol. En el St Regis, como en la mayoría de los establecimientos cinco estrellas, se puede recibir el desayuno en el bungalow que acercan en piraguas y cuentan con una piscina romántica sólo para que la usen los adultos.

DATOS UTILES

COMO LLEGAR

Lan. Vuela todas las semanas a Papeete. El tramo incluye una escala de una hora en la Isla de Pascua. Sale los lunes desde Ezeiza, a las 13.20, con combinación en Santiago, Chile, hacia Papeete. Regresa los martes, a las 0.20. La tarifa ida y vuelta en Economy es de 2157 dólares y en Premium Business, 3500. La clase Premium Business cuenta con asientos full flat totalmente reclinabes en 180°, paneles divisorios para mayor privacidad y sistema de entretenimiento con una oferta de 32 películas y 55 canales de series y documentales.

DONDE DORMIR

Papeete . Le Meridien. La cadena tiene su hotel a unos veinte minutos del aeropuerto. Como la mayoría de los cinco estrellas de la Polinesia, cuenta con habitaciones cerca de la playa o sobre el agua. Las tarifas más económicas van desde los 600 dólares la noche.

Tahaa. Tahaa Island Resort, con habitaciones en la playa y bungalows sobre el mar. Desde 900 dólares.

Bora Bora. El Beach Resort & Spa es uno de los pioneros en la isla, con bungalows overwater y sobre tierra, con jacuzzi. Las habitaciones en el jardín cuestan desde 680 dólares la noche y sobre el mar, desde 830.

St Regis. Uno de los hoteles de mayor lujo, enclavado en su propio motu (islote). Las tarifas de las villas van desde los 1300 dólares hasta los 3500 (con pisicina propia).

Rangiroa. El hotel Kia Ora tiene bungalows de playa desde 610 dólares la noche hasta una suite ejecutiva, con piscina privada, para cuatro adultos por 1450. Además, la experiencia Kia Ora Sauvage (hospedarse en un motu alejado y con el estilo de vida de los nativos) por 480 dólares la noche.

QUE HACER

En Bora Bora , una excursión en 4×4 por el interior de la isla, con almuerzo incluido, 80 dólares por persona.

En Tahaa , paquete por tres noches a bordo del catamarán Senseo, con comidas, 1600 dólares por persona.

Air Tahiti. Es la línea aérea que realiza los traslados interislas. La tarifa de Papeete a Raiatea es de 423 dólares ida y vuelta. Los controles del equipaje en los aeropuertos son muy estricos: no debe superar los 10 kilos. Si no se deben pagar multas, sin excepción.