VENECIA.- Cubrir un festival de cine es a todas luces algo envidiable. Pero no es fácil para quien no es experto en el tema y es agotador, especialmente en tiempos de post-pandemia. Aunque no soy crítica de cine, muchas veces me tocó cubrir el Festival de Venecia, el más antiguo y prestigioso del mundo, una experiencia que siempre me encantó y, también, impactó. No sólo por eso de lograr hacer cosas para mí normalmente imposibles como ver tres o cuatro películas por días, arrancando a las 8 y media de la mañana la primera (algo casi contra natura), sino también por todo ese entorno mágico. Poder participar de las conferencias de prensa y de las entrevistas con actores y actrices admirados que siempre uno sólo había visto en películas, en televisión o en revistas, la posibilidad de verlos en carne y hueso y poder hablar con ellos, el encanto del Lido de Venecia, las estrellas, el glamour, los divos, la alfombra roja.

En esta edición, el objetivo de mi cobertura era ir el estreno de una película argentina, Competencia oficial, de los innovadores Mariano Cohn y Gastón y Andrés Duprat -que compite por el León de Oro-, hablar con ellos y sus protagonistas -Oscar Martínez, Penélope Cruz y Antonio Banderas-, algo que pude hacer. Pero también, ya, que estaba, cubrir los primeros días de la Mostra. Algo que pude hacer, pero bastante complicado, por cierto.

Esta primera edición post-pandemia estuvo marcada por el regreso de las grandes estrellas de Hollywood y demás celebrities a la red carpet y el regreso masivo de público cinéfilo, así como de los periodistas de todo el mundo.

Todo, en medio de estrictas medidas sanitarias anti-coronavirus, comenzando por el indispensable “green pass”, el pase sanitario verde. Es decir, el documento que con un código QR indica que uno se ha vacunado, ha hecho un hisopado que dio negativo o ha cursado la enfermedad en los últimos seis meses. Sólo así era posible obtener una acreditación para asistir a la Mostra, también marcada por controles de temperatura en todos sus accesos -donde también llamaban la atención policías con detectores de metales que revisaban todos los bolsos y mochilas (¿uno de los efectos de la catastrófica retirada estadounidense y aliada de Afganistán?) y demás medidas de seguridad sanitarias, como alcohol en gel por todos lados, uso obligatorio de barbijo en espacios internos y externos donde hubiera aglomeraciones, así como de un badge electrónico con todos los datos sanitarios del usuario. Más allá de estas restricciones clásicas de la nueva normalidad, este año ya mucho antes de comenzar, la Mostra ostentaba números nunca antes vistos de ventas de entradas, acreditaciones y asistentes.

Tanto es así que en el Lido no cabía un alfiler, los hoteles, departamentos y habitaciones estaban agotados -al menos aquellos con precios accesibles-, y tuve que quedarme a dormir en Venecia. Esto comportaba despertarme al alba para tomar desde allí un vaporetto atestado de gente -nada de distanciamiento social- hasta el Lido, de ahí un bus hasta el Festival, también repleto de locales y periodistas, todos indignados porque no potenciaban el servicio. Y a la noche, de nuevo tomarme el vaporetto hasta Venecia, algo un poco agotador, pero gratificante por tratarse justamente de Venecia.

Pero lo más difícil este año -y frustrante-, fue tratar de sentarse a ver películas o ir a las conferencias de prensa. Debido al imperativo de respetar distanciamientos sociales -que en los colectivos y vaporettos eran espejismos-, las varias salas del festival tenían un aforo limitado a la mitad de su capacidad.

Para poder asistir a las proyecciones había que reservar con anticipación el lugar en forma electrónica, a través de un sistema llamado Boxol, que también funcionó el año pasado, según me contaron colegas, bien sólo porque había poquísima gente. Esta vez fue un descontrol, era casi un milagro reservar un asiento, ya que apenas daban la opción de hacerlo, 72 horas antes de la proyección, minutos más tarde, todos los espacios desaparecían. “Posto non disponibile”, indicaba una leyenda.

No extrañó que, en el tradicional “muro” donde, desde hace décadas, la gente suele expresarse y pegar pedazos de papel con sus opiniones, críticas a películas, actores y demás, este año reinaba la indignación. Y una única consigna: “ridateci i soldi” (devuélvannos la plata) “No es posible reservar nada y ver películas, es un escándalo”. “¡Por amor al cine, no se hace esto! ¡¡Vergüenza!!”; “¡Ladrones! ¡Nunca más en Venecia!”, eran sólo algunos de los mensajes, algunos irreproducibles, que podían leerse.

Igual volver a Venecia para el Festival para mí fue un privilegio.