“No hay moneda que no sea símbolo de las monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula”, escribió Borges en el “El Zahir”, cuento resplandeciente en el que una moneda termina apoderándose de la mente de su poseedor. El narrador, un Borges ficticio o literario, qué importa, recibe el Zahir en una monedita de 20 centavos acuñada en 1929. El objeto cobija un poder terrible: quien lo ve no puede olvidarlo. Detrás del Zahir, de esa fijación, arriesga Borges, quizá esté Dios. Mirarlo lleva a la locura.

¿Alguien tiene alguna duda de que la moneda, el dinero en general, es un fenómeno psicológico?

Por el ojal del dinero se cuelan infinitas historias, el hilo que zurce las relaciones entre los humanos. Triunfos, derrotas, deseos, frustraciones, pánicos y locuras. El dinero es también valor de cambio –Borges cambia el Zahir por un vaso de caña servido en un boliche cualquiera–, y ese valor siempre se liquida en el futuro. “Un repertorio de futuros posibles. El dinero es abstracto, repetí, el dinero es tiempo futuro. Puede ser una tarde en las afueras, puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez, puede ser café, puede ser las palabras de Epicteto, que enseñan el desprecio del oro”, arriesga el autor de Historia universal de la infamia.

Con década y monedas de supervivencia, las criptomonedas se han transformado en el nuevo símbolo monetario que, en términos borgeanos, resplandece entre la historia y la fábula del joven siglo XXI. Criptomoneda, palabra compuesta por el prefijo griego kruptos (escondido) y la palabra latina moneta (herramienta para facilitar intercambios). El Diccionario de Oxford la define como “una moneda digital que emplea técnicas de cifrado para reglamentar la generación de unidades de moneda y verificar la transferencia de fondos, y que opera de forma independiente de un banco central”. En buen criollo, una moneda virtual que permite el intercambio y la inversión, por medio de un cifrado y descifrado de claves, sin la presencia de agentes económicos ni el visto bueno del Estado.

Hija legítima del cruce entre la criptografía y las tecnologías digitales, con Internet y la ideología libertaria aportando al poliamor. Bitcoin fue la primogénita, fecundada en 2009 por desarrolladores ciberpunks. Primus inter pares, es la divisa virtual hegemónica, domina más del 40% del ecosistema cripto, donde conviven más de 10.000 monedas sin cuerpo físico. Reparte cada día una generosa torta verde de más de 100.000 millones de dólares. El PBI anual de la Argentina en 2020 fue poquito más de 400.000 millones.

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Esta mañana fría y devaluada de agosto, los portales económicos informan que el bitcoin sigue su caliente tendencia alcista. Roza los 46 mil dólares por unidad. Un año atrás se trocaba por 11 mil. En abril de 2010, salía moneditas: 0,003 centavos de dólar.

“Si le tuviera que explicar a un amigo qué son las criptomonedas, lo primero que le diría es que forman parte de las finanzas alternativas. Son una propuesta de moneda digital basada en algún tipo de criptografía y metodología blockchain de almacenaje de información. Esto las hace disruptivas, descentralizadas, ‘inhackeables’. Lo sé, parece chino, pero ahora te lo bajo a tierra”, aclara el economista Ignacio E. Carballo en diálogo con Rolling Stone. Luego, el docente, investigador y director del Ecosistema Fintech & Digital Banking para Latinoamérica grafica con paciencia y didactismo: “¿Te acordás de Napster? Esto es parecido, porque apunta también a la descentralización de la información. Con Napster te bajabas una canción de alguien que estaba conectado a esa red. Bueno, bitcoin es algo semejante, pero en el plano monetario. Fue la primera en plantear la descentralización, es decir que no la emite ningún banco central. Se rige de manera algorítmica, ahí está el protocolo blockchain para almacenar la información. Este libro contable con todas las transacciones está descentralizado en toda la red. Por más que alguien, un Estado o una persona, quiera hackearlo, no se puede. Hay que tener el control sobre más de la mitad de la red para controlarlo. Por primera vez en la historia, hay una propuesta de moneda global, descentralizada y digital. A medida que más personas ingresan en este mundo, más poder logra”.

Para sus feligreses –la “comunidad”, como se autoperciben–, el reino cripto se alimenta de una fuerza disruptiva que va más allá de lo económico. También de unos 121,36 teravatios-hora (TWh) de electricidad al año –más que el consumo anual de Finlandia, Suiza y la Argentina– y su sombrío impacto medioambiental. En paralelo, su ideología se materializa en prácticas políticas, sociales, culturales. Aunque hay que aclarar que no es demasiada la evidencia empírica que dé fe de estos postulados. Un universo “emocionante”, que “crece día a día”, repleto de “gente inteligente” con fe ciega en la “innovación tecnológica”, muchos capitales de riesgo y demasiadas “grandes esperanzas”.

En este mundo conviven las tribus libertarias, los anarcocapitalistas y los ortodoxos bitcoiners. Liberales y reaccionarios. También las globales tecno élites privilegiadas y sus vecinos pequeños ahorristas de barrio. No hay que olvidar a los infatigables traders, mineros, cueveros, buscavidas. Pero al final de esta historia, o fábula, casi todos buscan lo mismo. Salvarse.

Ilustración de Pablo Redondo

Franco Amati atiende la call en Portugal. No hay tristes fados de fondo en Lisboa. Porteño, 42 años, Amati cuenta sin saudade que hace algunos meses se instaló en la capital lusa. Con brevet de más de una década en el gremio cripto, es voz autorizada y referente argento en la materia. En su cuenta de Twitter se presenta como “crypto-terrorist (bitcoiner), drapetómano (eleuteromaníaco), nómada wannabe, agorista (libertario), pro-chumbo, ateo propagandista”.

Consultor autodidacta, de pibe estudió algo de administración de empresas y mucho de criptografía: “Nada de matemática y no me gustan las ciencias exactas. Leía libros clásicos de Bruce Schneier, cifraba mensajes por mail para que no se pudieran leer, y eso me acercó a bitcoin, allá por 2011”. Amati hace silencio al otro lado del Atlántico, suspira y luego recuerda su epifanía: “Se me abrió un mundo nuevo, otra veta de la criptografía. Me atrapó la idea de la libertad, muy afín a mi pensar ideológico: libertario, anarquista, etiquetas que fueron variando con el paso del tiempo. Ser un ciudadano del mundo, manejarme con un dinero que no tenía cepo, aunque no estaba el cepo al dólar todavía. Una moneda que no puede ser confiscada, a la que no le pueden sacar ni una tajada en las trasferencias, totalmente privada. Ese mix entre tecnología e ideología era perfecto para mi gusto. Me tenía que perder ahí”. Y se perdió nomás.

Arrancó bien de abajo. Lejos de las altas finanzas y sus hogueras de las vanidades. Fue broker informal, una suerte de “arbolito” de bitcoins. Conseguía vendedores y compradores. Mordía una comisión en las operaciones. Después fue asalariado en una startup, laburó haciendo eventos y dando charlas. Hoy maneja inversiones. Vive de rentas. En la billetera tiene unos pocos euros, su vida la banca con criptos. En paralelo, agrega, estudió a fondo los mandamientos de bitcoin. Las leyes básicas con las que se arma el código, cómo opera, la relación entre los nodos. Los fundamentales legados por el desarrollador Satoshi Nakamoto, padre fundador de la comunidad.

Un poco de historia. Corría el 1° de noviembre de 2008, pleno Big Bang de la crisis financiera global. Nakamoto (¿él, ella, ellos, ellas?, es un pseudónimo) envió un mensaje a una lista de correo sobre criptografía. En el mail adjuntó un paper titulado “Bitcoin: un sistema de efectivo electrónico usuario-a-usuario”, que explicaba el protocolo y su funcionamiento. Pocos meses después, el 3 de enero de 2009, se puso en marcha el software de código abierto para hacer correr los nodos de la moneda. Fue la “emisión” de los primeros bitcoins y el “golpe” inaugural de la minería. El bloque 0, “Bloque Génesis”, fue minado por el propio Satoshi Nakamoto. Contenía las 50 monedas virtuales seminales. También una declaración de principios: “Canciller al borde del segundo rescate para los bancos”. Era el título central en la portada física del diario londinense The Times esa mañana. Un mensaje poco encriptado. Crítica frontal a los bancos, gobiernos e intermediarios corruptos que habían provocado un nuevo crac económico mundial. Nakamoto minó criptos algunos años más. Logró atesorar una buena cantidad de bitcoins hasta que desapareció sin dejar rastros en 2011. Nunca más se supo de él.

“Al principio, el movimiento cripto era algo muy minoritario, creado por ciberpunks y antiestablishments, con nexos en la defensa de las libertades individuales. Después se sumaron los libertarios más tradicionales. Hoy las usa cualquiera, más allá de lo ideológico”, explica Amati. Luego pasa revista de los atributos de su alabado bitcoin y su link liberal: “Evita confiscaciones, cepos, corralitos. En lo colectivo, los libertarios pensamos que la minoría más grande es el individuo, y la suma de individuos beneficia productivamente y hacen el todo. En lo colectivo, cada parte tiene los mismos derechos y obligaciones, somos muy extremos en eso. La interacción genera riquezas y las libertades individuales, progreso. Eso benefició al colectivo. No queremos que un ente superior defina quién va a ser rico”.

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Amati puso el cuerpo en la política para defender sus principios. Fue uno de los cráneos detrás del Partido Liberal Libertario (PLL), una experiencia avant garde que impulsaba propuestas con dosis desparejas del púber libertarismo con el liberalismo clásico de clásicos. En las elecciones legislativas de 2013 cosecharon 7.000 votos en la Ciudad de Buenos Aires. “Fuimos los primeros en aceptar bitcoins en donaciones para financiar la campaña –recuerda el ex hombre fuerte del PLL–. ¡Vanguardia absoluta!”.

Sobre el crecimiento del nicho libertario en la Argentina, sobre todo en los sectores juveniles, el bitcoiner tiene mucho para decir: “El discurso antisistema y rebelde siempre prende. La rebeldía dejó de estar en las agrupaciones políticas tradicionales, que ahora son el establishment. Perdieron la brújula. Igualmente, me asusta un poco el discurso de muchos pibes que se dicen libertarios o anarcocapitalistas y son más bien liberales de derecha. Están en contra de la despenalización de las drogas, el tema de género, el aborto, el matrimonio de personas del mismo sexo, el DNI no binario. No te podés llamar libertario e ir en contra de esas libertades. Es una paradoja”.

Adam Dubove militó codo a codo con Amati en la experiencia del PLL. Estudió Derecho pero no terminó la carrera, fue periodista y ahora se gana la moneda con un emprendimiento enfocado en la educación financiera y las finanzas personales. Clarifica por teléfono: “Arrancamos con la bolsa y ahora nos enfocamos en asesorar a la gente para administrar mejor su dinero.” Tarea siempre titánica, más en estas épocas de la miserable peste.

Dubove hace memoria y vuelve a la prehistoria libertaria en estas pampas. Corrían los exitosos años verdes de la soja, durante el primer gobierno nacional y popular de la exitosa abogada Cristina Fernández de Kirchner. Los muchachos libertarios todos unidos combinaban las reuniones virtuales en chats de Facebook con encuentros físicos en un café cerca de la Biblioteca Nacional y en otro más céntrico sobre la avenida Santa Fe llamado, con acierto, Libertad. En los ágapes se hablaba de la crisis financiera, de la burbuja pinchada de los créditos inmobiliarios, de la manipulación de los bancos centrales y, obviamente, de dinero. En esas reuniones, Dubove escuchó por primera vez la palabra bitcoin: “Era una idea oportuna en el contexto de la crisis global. Un proyecto que no era político, ni ideológico, pero que nos cerraba a los libertarios. Dinero descentralizado, sin el control de los Estados. El ethos de la comunidad bitcoiner es el rechazo a una autoridad central que tenga poder sobre la red”.

En su momento, confiesa, no se entusiasmó demasiado. En 2013, con el primer salto en la cotización, descubrió que bitcoin no era un asunto solo de nerds, criptógrafos y hackers. Entonces se puso a estudiar el tema y también la historia de las monedas. Durante 2020, asumió que bitcoin era el camino, la verdad y la vida. Lo deja clarito en su avatar de Twitter, donde aparece un retrato intervenido del economista franco-irlandés Richard Cantillon, padre de la economía política en el siglo XVIII, con los ojos alumbrados con rayos láser, guiño de pertenencia en la comunidad.

Para los castigados bolsillos argentinos, dice Dubove, el bitcoin y las demás criptomonedas funcionan como una salida de emergencia: “Un sistema monetario alternativo que da más seguridad que el peso y también el dólar, que en definitiva no se puede comprar. Es un rebusque y resiste a las medidas de represión financiera que pone el Estado”. Este ecosistema, le sugiero, cobija un acto de fe ciega en las nuevas tecnologías, los algoritmos, que de ser herramientas pasaron a ser un fin en sí mismo: “En realidad, creo que se termina con la fe en el emisor, los bancos centrales, y pasamos a un sistema determinado por las matemáticas y la tecnología, que son incorruptibles. Y eso se engancha con la ideología libertaria. Sin embargo, muchos liberales siguen enfocados en el pasado, tienen pruritos y recelos con el bitcoin; eso se puede ver en economistas que son referentes. La moneda más segura de la historia la terminó inventando un criptógrafo. Le tendrían que dar el Premio Nobel a Satoshi Nakamoto. Igual lo veo difícil, porque ese premio lo entrega el Banco Central de Suecia…”.

Técnicos supervisan una granja de criptomonedas en Quebec. La esencia de las monedas virtuales es la descentralización que las haría inhackeables (LARS HAGBERG/AFP /)

Muchos anarcocapitalistas postulan que las criptomonedas nos llevarán de la mano a una era dorada de crecimiento, redistribución y prosperidad económica. Es una ideología particularmente fuerte en los Estados Unidos. Para los libertarios, las monedas virtuales y los blockchains crean mercados radicalmente libres, regulados por softwares de código abierto. Decretan la muerte del Estado y la construcción de una nueva tierra prometida. Anarquistas vieja escuela como el lingüista Noam Chomsky tienen una mirada muy crítica del movimiento: “Es un sistema doctrinario que, si alguna vez se implementa, llevaría a formas de tiranía y opresión cuasi sin precedentes en la historia de la humanidad”.

Desde hace no tantos años, las ideologías anarcocapitalista y libertarias prendieron fuerte en sectores juveniles. Son contiguas al movimiento cripto. El economista e investigador Carballo dice que es todo un desafío trazar la cartografía de sus cruces: “Las respuestas a preguntas complejas suelen ser complejas. Tenemos que subir la vara del análisis. En el caso de las criptomonedas, más allá de cualquier tema político, subyace la afinidad digital. Los millennials, ni qué hablar los centennials, crecieron con un celular en la mano, mirando YouTube. Están acostumbrados a la agilidad, la rapidez, la inmediatez, valores a los cuales las finanzas tradicionales no han sabido adaptarse. Ahí están las criptos. En paralelo hay una tendencia global antisistema. Ejemplos como Bolsonaro, Trump, Boris Johnson, Vox. Un voto castigo distinto al de décadas pasadas. Antes buscaba ampliar derechos y ahora es más cercano a ‘sectores liberales’. Ese discurso de menos Estado, más eficiencia, reducción de costos, inmediatez en los resultados. Fijate las redes sociales de esas experiencias, la cantidad de seguidores que tienen. Son espacios de encuentro con las nuevas generaciones y les ganan por escándalo a los partidos tradicionales”.

Para hacer foco en la Argentina, Carballo se refiere al boom que tuvieron las fintech en general y Mercado Libre en particular: “Que juega un rol no solo económico, sino también político y aspiracional en los jóvenes. Un modelo a seguir. Respuestas rápidas, inmediatas, como les dan WhatsApp, Tinder, Netflix, bitcoin y la antipolítica. Te repito, son hipótesis de un tema complejo, que no tiene respuestas simples”.

Tuve un encuentro con las huestes libertarias en septiembre de 2020. Frente al Congreso, en una marcha marchita contra la “reforma judicial”, la “infectadura”, la “cuarentena eterna”, “Argenzuela”… Era una patrulla perdida de pibes veinteañeros. Lucían tapabocas y remeras de tonalidades amarillas y negras, que tenían tatuadas la consigna “Dont (sic) tread on me” (no pases sobre mí) y una brava serpiente cascabel. La bandera de Gadsden, ícono del libertarismo desde 1775. El chico que iba al frente del grupo tenía un gorrito con un eslogan trumpista adaptado a estas tierras: “Make Argentina Great Again”. “Lo uso –me dijo al pasar– para provocar a los de izquierda”.

El sábado 7 de agosto, en una plaza de Palermo, los libertarios presentaron a sus candidatos rumbo a las elecciones legislativas 2021. Se amuchan en el frente Avanza Libertad. El orador principal fue el economista anarcocapitalista, figura mediática y aspirante a diputado Javier Milei. El cierre fue con papelitos, saltitos y un hit de la Bersuit como banda de sonido: “Se viene”, clásico popular de finales de los años noventa, justo antes del estallido del modelo neoliberal del menemato. Caldo de cultivo de la antipolítica.

Javier Olcese es precandidato a concejal por el municipio de Lanús. Milita en el Partido Liberal. Se gana el pan como comerciante. Viene de la vertiente liberal de Cambiemos: “No es mito, tiene su ala liberal”. En pocas palabras, resume las máximas de su espacio: “Ser libertario es respetar la vida, la libertad y la propiedad privada. Sin generar nuevos mercados libres y competencia, no hay manera de salir adelante”. Le dan urticaria la intervención estatal, las “dádivas” bancadas por los privados, los “cupos igualitarios”. También comparte su mirada sobre las cripto: “Tiene cercanía con la movida libertaria porque es la manifestación de una descentralización económica. La maneja la gente, genera riqueza, es un mercado impresionante. El bitcoin hoy está en 40 mil dólares y se calcula que para fin de año llega a los 200. Dinero y tecnología, sin la intervención del Estado, que es siempre un represor. Que no se meta, como dice la bandera de Gadsden, que no pisotee al capital privado. Si no, que se banque la mordidita de la cascabel.”

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Coach financiero y ontológico. Así se define Alejandro Egea. Tiene 32 años y mucha labia. Digna de personaje de alguna novelita ochentosa del Turco Asís. Es fiel a los principios libertarios. Quiere entrar al Concejo Deliberante de Berazategui. Experto en bitcoin, tether y otros metálicos virtuales, con título de honor en la universidad de la calle y las redes sociales. Un self-made man hecho y derecho. Detalla: “Conocí a mi mentor por Instagram, un capo que viene con el bitcoin desde los inicios. Yo no sabía ni qué era el dinero virtual. Estuve en una empresa de minería radicada en Islandia, era inversor. Compré una máquina que me costó 3.500 dólares. Validan las operaciones. Yo comisionaba. No te digo que gané dinero, pero aprendí mucho. Después me hice trader y asesor financiero. Sigo aprendiendo”.

Egea dice que ve con buenos ojos el impulso de las monedas virtuales que lleva adelante Nayib Bukele, el presidente millennial, derechoso y “criptopopulista” de El Salvador. “Va a atraer inversores grosos, sacar impuestos y aranceles estatales y atacar a los bancos. Ojalá se haga acá –desea el coach–. Siento que en Argentina está todo al revés, prendo la tele y me aterro. Delincuencia, se premia al chorro. Mucho comunismo y aires zurdos. A veces no veo el momento de irme a la mierda de este país. El bitcoin es una alternativa frente a un sistema que ataca al que tiene dinero, al que se lo ganó”. Quiere vivir, confiesa el precandidato, en el país de la libertad: “Donde no tenga que pedirle permiso a nadie. Ahora no puedo ni comprar cosas en Alibaba porque la Aduana te las frena. Por eso me metí en política, por los ideales y la descentralización. La libertad de hacer lo que uno quiere”.

Desde Estados Unidos responde el llamado Juan M. Es youtuber y aficionado a la economía. Tiene miles de seguidores en sus redes. Su cuenta de Instagram es @OneMoreJuan. Publica videos, memes y contenidos sobre finanzas alternativas y otras yerbas. Con voz empalagosa de locutor, precisa: “Explico conceptos quizá complicados, como bitcoin y el anarcocapitalismo, en forma simple”. Lejos de la tierra natal, vive en Kansas su American dream. Igual, critica que el gobierno estadounidense no permita usar monedas virtuales en el día a día. Imagina el porvenir reglado por las pocas reglas que impulsa el anarcocapitalismo: “Un mundo libre, obviamente con capital. Si no sos pobre y tenés recursos, seguramente tendrás casa, seguridad, salud. Una nueva comunidad, con nuestras normas, nada impuesto. Sólo pagos voluntarios. Eso derrama riqueza.” Antes de cortar el llamado, confiesa que no se siente representado por ningún movimiento político: “La arena política no es el camino, porque trae beneficios a muy corto plazo. El verdadero camino del desarrollo es la tecnología, Internet y una moneda libre, como las criptos”.

El Salvador es el primer país en reconocer a bitcoin como moneda de curso legal, luego de la aprobación de la ley impulsada por su presidente, Nayib Bukele (Camilo Freedman/Bloomberg via Getty Images /)

‘Dinero, alejate/ Conseguite un empleo con más paga y vas a estar ok/ El dinero es excitante/ Agarrá ese dinero con tus manos y hacé una fortuna”, suena en loop el clásico de Pink Floyd mientras escribo, en una mañana de agosto en que el sol brilla como el oro en polvo. Los portales de noticias cuentan que el presidente Alberto Fernández habló en una entrevista de los posibles beneficios para la Argentina si adopta las criptomonedas. “No hay que negarse, porque tal vez es un buen camino –dijo AF–. La mayor ventaja para nosotros es que de alguna manera contienen el efecto inflacionario porque son una moneda dura. Hay que acostumbrarse, aprovechar lo bueno y regularlo de algún modo porque puede dar lugar a los abusos”.

Por buen camino sigue la cotización del bitcoin, esta jornada subió a U$S 46.465 por unidad. Y yo sin un peso. Un amigo me manda por WhatsApp la foto de una pintada callejera intervenida en la zona de Colegiales. Donde decía “Los niños son el futuro” ahora se lee “Las criptos son el futuro”. Sin especulaciones, el economista Carballo baja un poco el precio: “Sin dudas son el futuro, pero vienen a convivir. No a romper todo. Muchos dicen que van a hacer desaparecer a los bancos. Yo me río un poco. Es un oligopolio que existe hace 2400 años, es más viejo que Cristo. Hay que ser moderados. Son procesos heterogéneos en cada región. Tendremos un mix de sistemas. En todo caso, los chicos y las criptos son el futuro”.

Antes de terminar esta crónica, o de que estalle la burbuja bitcoin –el dinero y sus ruinas circulares–, es bueno apostar una vez más por Borges, un “anarquista conservador”, según se definió alguna vez en una entrevista. En otro párrafo de “El Zahir”, escribe: “Una moneda simboliza nuestro libre albedrío”. De alguna manera, la historia de la humanidad nos demuestra cómo las sociedades han negado este albedrío a los que no tienen ni un cobre. Con acierto, dijo un auténtico decadente, el dinero no es todo, pero cómo ayuda.