Grafitis: el movimiento se muestra andando

Los artistas suelen desconfiar de las biografías mientras viven. Se lo dice Piazzolla a su hija Diana en una cinta que corre en el definitivo documental Los años del Tiburón (HBO) de Daniel Rosenfeld. Le dice Piazzolla a Diana que “las biografías son para los muertos y yo estoy vivo”. Los grafitis, en cambio, urgentes, a mitad de camino entre la escritura y el dibujo están hechos para el presente. En los 80 era tan importante tener una banda de punk rock como saber manejar el aerosol y escapar a tiempo tras dejar la marca furtiva. En Buenos Aires había más grupos en las paredes que sobre los escenarios y quienes ahora atestan la red de virales entonces hubieran tenido pocas oportunidades de sobresalir: el mensaje tenía que ser agudo, punzante. Solo así grupos como Fife & Autogestión o Los Vergara podían distinguirse del resto y volver sus inscripciones legendarias ya que tampoco muchos se tomaron el trabajo de sacarles fotos. Conocí a unos vándalos del aerosol que como una versión arrabalera de la Naranja Mecánica pintaban autos con la marca: Ford, Peugeot, Dodge. Ningún insulto, ninguna consigna anarco, la marca. Maldad con concepto: chapa y pintura.

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Nadie le propuso a Charlie Watts contar sus días en los Rolling Stones y es probable que, fiel a su estampa, apenas hubiera esbozado una mueca como principio y final. Nada que decir, un libro en blanco con su foto de allá por el principio de todo en 1963 en la tapa y otra de ahora, siglo XXI, en la contratapa. A ninguno de los que amamos con obsesión a los Rolling Stones y que íbamos de aerosol por ahí se nos hubiera ocurrido escribir ese nombre nunca: ni aquí ni en Londres ni en ninguna parte. Sin embargo el street art tiene sus formas misteriosas. Muerto el stone mudo, el que no decía nada pero cuando se vuelven a escuchar los discos lo dice todo, su nombre aparece en las dos ciudades más stones del mundo (Londres donde nacieron y esta en la que el consumo derivó en subcultura en el estricto término que aplica Dick Hebidge) pero no exactamente en las paredes. Son grafitis móviles, rolling, ruedan, se deslizan. Allá aparece una pizarra del Underground intervenida con un texto que lo nombra con los nombres de las canciones (¿Quizás las cantaba hacia adentro, como un pensamiento?): “It’s all over now, but the memory of you will not fade away”. Y acá alguien capta a un colectivo que en su vidrio trasero lleva escrito en aerosol “Descansa en paz amigo Charlie Watts”. ¿Amigo? ¿Sería algo del baterista? ¿O es esta jerga pueblerina del siglo XXI donde todos se llaman amigo entre sí aunque no se conozcan? No. El que puso a rodar el grafiti (una genialidad) sabe lo que dice: los Stones son además de una música que alimenta el deseo de vivir, una metáfora de la amistad. Por eso se hundieron tanto en las raíces capilares de este rincón del mundo. Por eso tiene razón el personaje de Aira que en Las Conversaciones elude el insomnio recordando con precisión absoluta las conversaciones que tuvo a la tarde con su amigo. Un Funes bonsái que trata de recordarlo todo para que se le pasen las horas. Uno que dice: “Desconfío de esos intelectuales que no conocen a los Rolling Stones”. Hermosa frase para el aerosol.