El desafío que el oficialismo kirchnerista enfrenta por estos días implica un esfuerzo titánico: borrar 2020, es decir, desmentir en 2021 el sentido vigilante de la gestión que fijó el tono de gobierno todo el año pasado, y hasta hace pocas semanas incluso. Se trata de borrar con la flexibilización de todas las restricciones, casi de la noche a la mañana, lo que la mano dura del presidente Alberto Fernández impuso a toda la ciudadanía, a partir de evidencia científica nula o por lo menos debatible, aunque no necesariamente a las figuras del poder kirchnerista. Llegó la hora de la reivindicación explícita del “goce” después de un año y medio de hipercontrol estatal sobre la vida privada de los ciudadanos. O, en el latín de la precandidata a diputada del Frente de Todos, Victoria Tolosa Paz, se trata de restablecer “el garchar”.

Para el Gobierno, los riesgos de esa identidad controladora son claros y están sobre la mesa. Por un lado, un voto adolescente y joven cada vez más imprevisible y peligrosamente esquivo, enojado con todas las prohibiciones que condicionaron sus vidas, justo cuando sus huestes se convierten en el 20% del padrón electoral, de los cuales 2,51% son adolescentes de entre 16 y 17 años. Por otro lado, el rechazo a tanta intromisión en otra esfera de la libertad, la económica, que ya está generando su propia evidencia en contra del oficialismo: el triunfo del radical Gustavo Valdés por 76% de los votos, 22 puntos más que en su victoria de 2017. Es decir, una derrota multiplicada para el kirchnerismo.

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Tolosa Paz no es la única voz del kirchnerismo que se animó a un lujo cuestionable para una política que intenta representar el sentir de la gente: distenderse en el medio de un conteo de muertos por Covid que ya supera los 111.000 argentinos fallecidos. Desde Cristina Fernández hasta Leandro Santoro vienen insistiendo en esa línea argumental de campaña con la felicidad como eje. Incluso el “Suiza es más tranquilo, pero más aburrido”, de Sabina Frederic va en el mismo sentido: el elogio de la incertidumbre argentina como territorio de diversión, lo opuesto a lo aburrido y previsible. Ese comentario trae memorias de otras campañas: el “dicen que soy aburrido” con el que Fernando de la Rúa intentó hacer virtud de un punto que se le cuestionaba, su poco carisma. A la fiesta menemista y sus efectos críticos, De la Rúa les respondía con el aburrimiento como sinónimo de virtud ciudadana.

Frederic y las otras menciones parecen retomar la senda menemista en la que la vida también está para ser gozada. No estaría mal si no estuviera la realidad ahí para arruinarlo todo: cuando la incertidumbre argentina implica también la inseguridad cotidiana, en lo delictivo y lo sanitario, de millones de ciudadanos, su reivindicación por parte de la ministra de Seguridad nacional se vuelve una declaración desconectada de las necesidades de la gente.

Y, sin embargo, voces claves del Frente de Todos hacen fila para reponer en el escenario de su campaña electoral esa dimensión anulada en la vida social como nunca antes por una gestión de gobierno: la vida privada y sus goces privados. Más que excepciones, ya es estrategia de campaña, sobre todo en la habilitación que hizo la vicepresidenta en sus primeros discursos de este año y en otras intervenciones que le siguieron. El objetivo es desmentir la identidad de gestión que quedó fijada en lo que va de la pandemia aun cuando sus efectos trágicos siguen vigentes. Es una necesidad imperiosa marcada por los tiempos electorales. ¿Pero cómo borrar el 2020? Allí está la Operación Pasión para ordenar la lógica de campaña del gobierno en ese sentido.

Operación Pasión

“Baile, disfrute y goce”, así sintetizó Tolosa Paz lo importante de la vida. En ese sentido, la candidata kirchnerista elevó al “garchar” a programa de gobierno: “Nosotros vinimos para hacer posible la felicidad de un pueblo y la grandeza de una patria, y no hay felicidad de un pueblo sin garchar”. Fue en el espacio virtual conducido por dos humoristas de filiación kirchnerista destinado a un público joven. La convocatoria a votar estuvo presente en el diálogo y las necesidades de los jóvenes de recuperar vida ahora que llega la primavera.

Por los esfuerzos dedicados, todo indica que el diálogo entre el electorado joven y el kirchnerismo no es fluido. Lejos quedó la vitalidad de adolescentes kirchnerizados con las promesas transversales e inclusivas de Néstor Kirchner. Con las escuelas secundarias cerradas, el kirchnerismo se quedó también sin esa caja de resonancia de su visión de país que son la mayoría de los centros de estudiantes. El cierre de escuelas que el gobierno también decidió abrir de un día para el otro este año de elecciones minó también ese espacio de construcción de sentido común.

Las declaraciones del Presidente en torno al episodio de la profesora de La Matanza tampoco ayudaron: quedó lejos de la comprensión de los adolescentes y sus problemas y necesidades. Hay una grieta generacional entre estos adolescentes de hoy y los que crecieron al calor del kirchnerismo que desconcierta al Frente de Todos. Las medidas de gobierno durante la cuarentena cavaron más esa zanja.

Ni correr, ni reunirse para celebrar, ni reunirse para llorar y despedir a los muertos, ni cantar ni respirar fuerte, ni ir a la cancha, ni sexo real, tampoco eso. De ahí las declaraciones de Tolosa Paz intentando corregir el rumbo. “El gobierno argentino recomienda el sexo virtual durante la cuarentena obligatoria”, tituló el diario español El País en abril de 2020. “Un infectólogo pide lavarse las manos después de la masturbación y desinfectar teclados y juguetes sexuales”, explicaba la nota. Fue el asesor técnico del ministerio de Salud de la Nación, José Barletta, que una mañana, junto a Carla Vizzotti, se metía sin vueltas en lo más privado de los argentinos, sus camas o computadoras y sus encuentros sexuales virtuales o pornográficos.

La tarea que acomete el kirchnerismo es formidable. El escenario del desafío es triple. Revertir contra reloj, antes de las PASO o por lo menos con el deadline de la elección de noviembre, una matriz disciplinaria y controladora con sesgo autoritario para administrar la pandemia. Desarmar un marco conceptual en lo económico en el que la libertad, en este caso de empresa, también está siempre acorralada por el Gobierno. Vicentin es el hito 2020 que insiste en traer a la memoria ese riesgo. El resultado electoral del domingo en Corrientes se explica en parte por el rechazo generalizado a esa matriz intervencionista del kirchnerismo. Corrientes fue activa en aquellos banderazos de 2020. Y la imagen del gobernador Valdés, entre las mejores del país, tiene mucho que ver con su perfil exportador –Valdés se viene expresando contra el cepo a las exportaciones de carnes– en una provincia exportadora: en 2020 sus exportaciones crecieron un 170%. ¿El Gobierno toma nota?

Hay un tercer escenario más estructural para el kirchnerismo, y por eso todavía más desafiante: la pérdida de una vitalidad renovadora con la que llegó al poder. Con el paso del tiempo en el poder, toda pretendida revolución de lo establecido se vuelve una falacia. El tono disciplinario primó en todo 2020 en algunos de los nombres centrales del cuarto kirchnerismo que se quiere quinto. El estilo Axel Kicillof es un buen ejemplo.

La política del “goce”

El Gobierno ha construido tres anclas que ahora pesan como no pesaron el año pasado cuando la pandemia era joven y el Gobierno, nuevo. El tono, la cuarentena y las prohibiciones que marcaron para siempre la vida de adolescentes y jóvenes, privados de ritos de pasaje claves, afectados en sus lazos emocionales, impactados en sus necesidades educativas y laborales, demonizados en definitiva por querer ser jóvenes, y los cepos varios a la actividad económica. En el mercado político, a las políticas las corrigen la elecciones. De ahí los esfuerzos del Gobierno por dar un viraje en su identidad pandémica.

Leandro Santoro fue por el mismo carril hace unos días: “Tenemos que pensar qué significa la buena vida”, sostuvo. “La reivindicación del goce, el tiempo libre, el disfrute”, aclaró Santoro a qué se refería. Fue Cristina Kirchner en realidad la encargada de habilitar esa línea de campaña electoral. Lo hizo en un acto en La Plata, en el Hospital de Niños Sor María Ludovica, a mediados de junio. La recuperación de la felicidad como objetivo político en esta campaña.

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El Presidente y el cumpleaños clandestino de la primera dama es el arquetipo de la narrativa del goce que preocupa al Gobierno en estas elecciones: el goce tiene que volver porque en 2020 el Presidente lo excluyó. El Presidente, que prohibió todo disfrute de reunión privada en un lugar cerrado, fue quien celebró un cumpleaños desafiando esa restricción: es decir, el Presidente les prohibió el goce a los ciudadanos, pero se lo permitió a sí mismo. No estuvo solo en esa matriz disciplinaria alejada de la gente. Parte del comité de expertos que lo acompañó tiene una responsabilidad en la dureza inconducente con la que el Gobierno tomó medidas epidemiológicas. Desconoció un punto clave de los epidemiólogos. La respetada epidemióloga de la Johns Hopkins University lo decía así el año pasado: “Al final del día, si tus recomendaciones no funcionan y la gente no las sigue, somos nosotros los que fallamos, no las personas”.

En la “clandestinización” insostenible de la vida privada que el gobierno de Fernández llevó adelante, y que ahora se le vuelve en contra, hay una dimensión preocupante del kirchnerismo: la ilusión de una sociedad obediente y militante capaz de votar a sus líderes aun cuando reconozca sus errores. La inexistencia de internas abiertas en el Frente de Todos en distritos claves es una prueba de ese nivel de disciplinamiento que se confunde con unidad. El lugar de la libertad, el goce privado y el desarrollo de la propiedad privada siguen siendo puntos ciegos para una fuerza política que ahora también empieza a vaciar de sentido la noción de lo colectivo.