Había sido sin duda alguna su mejor año laboral y estaba orgullosa de sus logros. Directora de Consultoría en Estrategia, IT y Operaciones de una Big 4 en una de las firmas más importantes del mundo, donde se había desempeñado por más de 14 años, un 19 de julio llegó lo que ella dio en llamar su día de suerte. “Sin mayores pretextos, me invitaron a retirarme con un gran paquete de beneficios. Si bien fue doloroso, frustrante e injusto, de repente desaparecieron los amigos del éxito. Pero puedo decir que ese fue nuestro primer día de éxito y el primer punto de inflexión en nuestras vidas”.

Pero Silvia Catena no estaba dispuesta a bajar los brazos. Tenía que criar a su hijo y pensar cómo serían los años venideros. La suerte, esa que ella había llamado quizás inconscientemente en sus pensamientos, parecía no estar de su lado. 2020 fue otro año de grandes aprendizajes, ¡y desafíos!

“Mi hijo y yo atravesamos un proceso doloroso, que fue la partida de su papá. Tenía solo 58 años cuando un cáncer de pulmón se lo llevó en menos de un mes y medio. Lo acompañamos hasta su último suspiro. Siendo yo su exmujer, había sido la persona registrada en el hospital como contacto para tomar decisiones relativas a su salud. Esa clase de confianza tenía en mi y me siento orgullosa, pues me dio un hijo que ni aun en sueños podría haber imaginado que sería tan lindo, por dentro y por fuera. No había sido un papá modelo ni presente, pero era su papá y mi hijo decidió, con 13 añitos, solicitar que lo dejaran visitarlo todos los días, pues no admitían menores de 16 años en terapia intensiva. Farid le hablaba, le contaba de su viaje deportivo pero su padre ya no lo escuchaba, estaba en coma farmacológico y simplemente no podía”.

La muerte del padre de Farid fue el segundo punto de inflexión en ese nuevo proceso que madre e hijo estaban viviendo. Y esa misma semana, luego de ocho años de entrenamiento sostenido y con la camiseta del equipo tatuada en el corazón, Farid recibió una noticia que lo derrumbó por completo. “Buscá otro club o volvé al jardín de infantes”, había sentenciado su entrenador. “Ya estábamos en el piso y yo sufría viendo el sufrimiento de mi hijo. Todo se desmoronaba, hasta su segunda casa, el lugar donde había sido tan feliz, ahora le cerraba las puertas. Ya no había dudas, nos estaban echando de Argentina, al menos yo así lo sentía”.

Volver a empezar. “Mis amigas me contaron que mi pareja me engañaba. Saber la verdad me permitió decidir mi futuro”

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Pensar una vida nueva, aunque en plena pandemia

Costó. Les llevó mucho tiempo de reflexión, energía y trabajo interior. Pero lo lograron. Silvia reconoció que tuvo que trabajar mucho premisas como soltar el confort, lo previsible, lo seguro y la rutina. Pero el deseo de una nueva vida para ella y su hijo era más fuerte, aunque difícil en plena pandemia.

“Cuando subimos al avión en Ezeiza, me dije, ¿qué estoy haciendo con una criatura de 14 años que me sigue como si yo tuviera la verdad revelada? Tanta confianza de mi hijo en mi decisión me abrumaba por dentro. Pero no se me podía mover un pelo, debía mostrar la seguridad de quien conduce el barco, aunque estuviera llena de miedo, de dolor por haber sido expulsada de mi país, por dejar nuestro hogar, que con tanto amor, lo había construido. Cada detalle tenía mi impronta, mis cositas, mis recuerdos, mis amigas a quienes ni siquiera pude abrazar fuerte como me hubiera gustado por la pandemia. Y a los 56 exactamente, mientras veía Buenos Aires diluirse por la ventanilla del avión, me preguntaba si me iba a animar a tirar todo por la borda (casa, auto, vida cómoda) y mandarme a mudar con mi todo terreno que me seguía a sol y a sombra con confianza ciega en mis decisiones”.

«Cuando subimos al avión en Ezeiza, me dije, ¿qué estoy haciendo con una criatura de 14 años que me sigue como si yo tuviera la verdad revelada? Tanta confianza de mi hijo en mi decisión me abrumaba por dentro».

Pequeña (gran) decepción

Después de un viaje que pareció eterno, con mucho miedo y que los llevó de Buenos Aires a Madrid, luego a Ámsterdam y finalmente a Copenhague, en Dinamarca, llegó la primera decepción. No los dejaron entrar en Dinamarca. Había un papel que no estaba en orden. “Y así, sin más, y habiendo un menor de edad, nos dejaron con doce maletas de vida (o lo poco que entró de las nuestras), durmiendo en un aeropuerto sentaditos los dos, por más que lloré y supliqué que no nos hicieran eso. Me sentí la peor madre del mundo. ¡Pero en Dinamarca, las reglas se respetan y son iguales para todos!”.

El aeropuerto de Copenhague daba miedo: no había nadie en todo el enorme edificio, eran mas de las 12 de la noche y por la pandemia no había movimiento. Silvia y Farid no tenían dónde comprar comida, ni bebida ni nada. Solo podían tragar lágrimas de impotencia. “Y con la cabeza de mi hijo dormido apoyado en mi falda, pensaba, mientras lo acariciaba, cómo había llegado a mandarme semejante macana y cómo iba a solucionarlo”.

Ya no tenían resto económico para comprar dos pasajes para regresar a Argentina. Hasta que a las 15 h del día siguiente la Policía Aeroportuaria llegó enfurecida para advertirles que tenían menos de cinco minutos para ubicarse en la fila de embarque con destino a Barcelona. El avión los estaba esperando justamente a ellos dos. “Ni siquiera sabíamos que nos íbamos a España y que haríamos escala en París, Francia, por cuatro horas. Nadie nos había avisado nada. Y con las doce maletas nos metieron adentro del avión a presión y de última hora ¡y sin pagar una moneda! Dios aprieta pero no ahorca. Fuimos rumbo a una Barcelona tan triste como nosotros, vacía, pandémica y del aeropuerto a un hostel -era lo que podíamos pagar- a pensar”.

Dejaron el país. “En medio de un secuestro, envolví a mi bebé en una manta y me tiré del auto. Ahí tocamos fondo”

En Barcelona, le resultó imposible pegar un ojo esa noche en aquella pequeña habitación de hostel que había podido costear para ella y su hijo y donde había que saltar las doce valijas para poder hacerse lugar entre los bultos

¿Milagro o convicción?

Silvia pensó, hizo cuentas nuevamente, volvió a calcular gastos, algún dinero extra con el que quizás contaba y concluyó que la mejor opción en ese momento era sacar dos pasajes a Copenhague, donde ella imaginaba que se cumplirían sus sueños. Sacar los pasajes fue una odisea. Las tarjetas de crédito tenían consumos al máximo y no se podía usar efectivo, mucho menos a la madrugada. “Tuve que implorar en mi interior por un milagro. Me había propuesto salir a las 6 am del día siguiente. Pero eran las 12 de la noche del día anterior y no teníamos nuestros pasajes ni el taxi en un lugar desconocido por nosotros”.

Y nunca supo si fue la misma suerte que había invocado ese 19 de julio de 2019 lo que hizo que esa misma noche, luego de incontables intentos por pasar la tarjeta para hacer el pago de los pasajes, finalmente apareciera en la pantalla un cartel que decía: transacción válida. Le resultó imposible pegar un ojo esa noche en aquella pequeña habitación de hostel que había podido costear para ella y su hijo y donde había que saltar las doce valijas para poder hacerse lugar entre los bultos. Todavía faltaba el taxi, tenía que ser lo suficientemente grande para que entrara todo el equipaje. El estrés y la adrenalina aseguraban que ella, por lo menos, esa noche no dormiría. Sacaron pasajes vía Frankfurt a Copenhague.

“¿Vienen de Italia?”, les preguntaron en aquel aeropuerto donde la decepción había comenzado. “Sí, absolutamente sí. Ya no quería más preguntas ni más cuestionamientos. Me daban pánico esos enormes hombres rubios que parecían vikingos. Y llegó la parte para la que sí estaba preparada, pero como son realmente tan profesionales, temía por primera vez un error de mi gestora argentina. Claro, viajaba sola con un menor de edad, pasaporte italiano, partida de nacimiento, acta de defunción de su padre, y todas las legalizaciones y papelitos que pudieran requerir. Allí los tenía en ese sobre que guardaba en mi mochila como oro, pero volvieron a ponernos aparte y se llevaron toda la documentación como en el primer intento”.

Cuando finalmente cruzaron migraciones lloraron abrazados y se prometieron disfrutar cada uno de los días de esa nueva vida que habían elegido. “Mi hijo y yo, más los doce bártulos, que era el pedazo de vida que trasladábamos, incluyendo los dibujitos que tenía pegados en mi oficina cuando trabajaba en Argentina, habíamos logrado nuestro objetivo perseverando. Un chico encantador, se bancó con hidalguía y valentía tremenda proeza para nuestra cómoda y previsible vida en Argentina. Ya pasaron unos poquitos días más de siete meses de esta aventura, tuve que aprender mucho, sobre todo de humildad, una gran lección de humildad me está dando la vida. Yo, que estaba llena de certezas, me llené de preguntas. El plan milimétrico que según mi amiga Mariel, yo había construido en mi cabeza, tenía fallas, para las cuales no estaba preparada. No tenía plan de mitigación de riesgos, como decimos en mi profesión”.

Sobre lo verdaderamente valioso… y lo que es bijouterie

Entre una variedad de empleos, Silvia trabajó como delivery y empleada doméstica.

Silvia hizo literalmente de todo durante estos siete meses para cumplir con su palabra. Trabajó como cadete de delivery, ayudante de cocina, happy helper (como denominan empleada doméstica), limpió tuberías de cinco metros de alto de acero inoxidable, donde no podía haber una sola pelusa, porque allí se almacenaban remedios. “Entraba a las 14 con la promesa de salir a las 22 pero como era un trabajo temporario, era hasta terminar, y salí a veces a las 3 a.m. Como tengo 56 años no me daba el cuero para seguir haciéndolo, aunque la paga era muy buena. También limpié en Copenhague Business School, una escuela de negocios excelente, y me sentí en mi salsa, ya que normalmente, en auditorios de ese tipo yo daba conferencias. Pero duró poco”. También se postuló en varias posiciones y está encaminada con su profesión para volver a su área de trabajo.

Silvia y su hijo viven en un lugar que se llama Frederiksberg, a 2 km del centro. Es un departamento muy cómodo amueblado, pero extremadamente caro. “La persona que me ayudó en la búsqueda no me hizo ver la relación ingresos/costos, con lo cual me veo en la obligación de exigirme al máximo, para pagarlo. No se puede cancelar antes del año y hay que avisar con tres meses de anticipación después de ese primer año para finalizar el contrato. Se paga mucho de impuestos, un 38%, pero la educación es superlativa y todo lo referido al Estado también. Da gusto pagar impuestos aunque el bolsillo duele”.

Entre tantas experiencias vividas, tanto aprendizaje, tantos obstáculos y tantas lágrimas derramadas, Silvia rescata el bienestar que su hijo alcanzó. “Farid habla y escribe danés, sigue puliendo su inglés en clases y está aprendiendo francés. Y la educación aquí es superlativa. Se hizo de amigos nativos e internacionales que lo adoran, aunque él todavía no lo perciba, por lo bajo perfil que tiene. Todos hablan acerca de su dulzura y buenos modales. Lo demás, como siempre digo, es bijouterie. Quiero creer que hay esperanza de un mundo mejor para Farid. Y yo, quizás, cuando él se independice regrese a vivir a Argentina para disfrutar de los 30 años de aportes previsionales que dejé en la Argentina. ¿Podré?”.

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