Quizás vivían anestesiados. Habían perdido la cuenta de la cantidad de veces que les habían robado. Pero esa noche todo fue diferente. Habían ido de visita a la casa de sus suegros. Pasó el tiempo, se hizo tarde y cuando a la noche comenzaron el regreso a su casa, sucedió lo que más temían. “Mi marido manejaba despacio porque en el asiento de atrás yo viajaba con mi bebé de un mes, de bajo peso y con cuidados especiales. Íbamos por Camino Negro, en Lomas de Zamora, cuando de pronto se nos cruzó un auto negro y de él bajaron cuatro personas armadas”.

— Bajate del auto ya, le gritaron al esposo de Verónica Ayala mientras le apuntaban en la cabeza por la ventanilla del conductor.

— Acá empezó un secuestro, vamos a tu casa o mejor a la de tus padres, le dijeron a ella que había quedado en el asiento trasero junto a su bebé.

Verónica se negó a hacerles caso. No quería exponer a sus padres a semejante peligro. Mintió. Dijo que vivían muy lejos, que ellos estaban de paso por la zona. “Pero cada vez se ponía más tensa la situación y empezaron a apuntarme a mí y al bebé. Me pedían el teléfono de mi papá y de mi suegro y me decían que ellos no podían irse con las manos vacías de esa movida. Querían dinero”.

De pronto recordó que tenía dinero encima. Era una suma considerable para “dejar conformes” a los ladrones. Se las ofreció y aceptaron. En cuanto tuvieron el dinero y con el auto en movimiento le gritaron que se bajara. “Envolví al bebé en una manta y me tiré del auto sin pensarlo. Caminé desorientada unas cuadras hasta que reconocí la casa de una compañera de trabajo. Eran las dos de la mañana y me recibió en medio de una angustia total”.

Plan frustrado. Viajaron a España: “Pensamos que teníamos la vida resuelta por ser ciudadanos europeos y nos fue mal”

Verónica y su marido César. En 2012, luego de un secuestro, comenzaron a pensar seriamente en emigrar. (Ser Lumbre/)

Una decisión con fundamentos

Esa fue la gota que rebalsó el vaso y que la llevó a replantearse seriamente el modo en que sobrevivía en la Argentina. Lo que habían vivido los marcó tan profundamente que optaron por comenzar una nueva vida y dejar atrás los años con sabor a miedo, inseguridad e incertidumbre. “El secuestro ese año tuvo mucho peso para tomar la decisión. Y a eso se sumaba la crisis económica y social que atraviesa nuestro país. A pesar de trabajar y esforzarte, sentir que nunca llegás a fin de mes es desesperante o tener que pensar mil veces si comprar un lácteo como un lujo nos hizo tocar fondo”.

Optaron por dejar el país y mudarse a España. Vendieron la casa, el auto, renunciaron a sus empleos -Verónica a un puesto con 18 años de antigüedad en el Banco Santander y su marido en un laboratorio de medicamentos- y ya no miraron atrás.

Las indemnizaciones laborales fueron suficientes en ese momento para acomodarse en Málaga, España. Llegaron en febrero de 2019. Y un mes después la pandemia paralizó al mundo entero. “No teníamos trabajo, llegamos a hacer algunos papeles para esta en regla. Pero pasaban los días y las semanas y no podíamos salir a buscar empleo. Era desesperante. Hasta que vimos un aviso para trabajar en el campo”.

Pasada de revoluciones. Trabajaba 9 horas por día en una multinacional; un traspié hizo realidad su peor miedo

De la ciudad al campo y volver a empezar

La propuesta era desafiante. El empleo consistía en recolectar frutillas en el campo, era solamente para mujeres. Y allí fue Verónica. “Dejé a toda mi familia en Málaga y me fui sola a Huelva. El trabajo era agotador, conviví con veinte mujeres de diferentes nacionalidades en un chalet con varios baños y habitaciones. Teníamos lo básico pero nos llevábamos bien. A las 7 de la mañana nos pasaba a buscar un bus y nos llevaba al campo a unos cinco minutos de allí. Pasábamos todo el día bajo el sol. Almorzábamos ahí mismo y a la tarde regresábamos. El trabajo en sí era muy desgastante: cada día sufría más el dolor de espalda ya que la postura en la recolección era en cuclillas. Así estaba siete horas con un descanso de quince minutos. Nos pagaban 60 euros por día”.

En principio, Verónica había viajado con un contrato de dos meses para permanecer en el campo mientras su marido se ocupaba de los chicos en Málaga. La pandemia fue cediendo y a los veinte días recibió una propuesta laboral como asistente comercial en una inmobiliaria de Málaga en el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE). Se animó a jugarse por su instinto y obtuvo el empleo. Creció hasta que logró independizarse. Hoy tiene su empresa de servicios inmobiliarios y traslado de pasajes en Málaga. Su marido hace inversiones en bitcoins.

El matrimonio junto a sus hijos Tiziano y Luca. (Ser Lumbre/)

El servicio que ofrece Verónica (@veroayalaok) es completo para quienes buscan alojarse en España. Desde Argentina recibe consultas sobre familias o personas que buscan alquiler (para cuántas personas, cuántas habitaciones, cerca de los colegios o en el pueblo, apto mascotas o con comodidades para niños, etc.). Con esa base, ella envía fotos de los pisos disponibles. También ofrece hacer una videollamada desde el piso para que el interesado lo conozca.

“Disfrutamos mucho de la vida que tenemos en Málaga. Como toda ciudad, tiene sus ventajas y desventajas, pero elegimos reinventarnos acá porque está muy bien comunicada, tanto con España como con el resto de los países; es más económica que otras ciudades de España; tiene buena oferta cultural y de ocio y podemos viajar en poco tiempo tanto al mar como a la montaña”.

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