Claves para entender el incierto momento de un River que parece otra vez en formación

El fútbol de River atraviesa tiempos inciertos. La categórica eliminación ante Atlético Mineiro en la Copa Libertadores dejó su huella, y aunque el duelo por la derrota ya parece superado, hay cuestiones del juego que no acaba de recuperar.

Un gran equipo no se concibe sin la presencia de muy buenos jugadores, un aspecto en el cual nuestro fútbol sufre una merma cuyo resultado es que las ideas se tornan poco sustentables y los rendimientos, demasiado dispares entre un partido y otro. Los recambios no alcanzan los niveles deseados y los equipos no consiguen estabilizarse. Ni River ni Marcelo Gallardo permanecen ajenos a esta actualidad.

Marcelo Gallardo y Enzo Pérez, dos protagonistas principales de River (LA NACION/Mauro Alfieri/)

Si nadie discute el descenso de calidad en la materia prima cabe preguntarse hasta dónde la influencia o la personalidad de un entrenador puede llegar a maquillarlo.

El trabajo de Gallardo suma méritos indiscutibles por numerosas razones. Si los grandes expertos afirman que los ciclos en el fútbol no duran más de 3 o 4 años, él lleva unos cuantos más manteniendo presencia, liderazgo y poder de convencimiento sin desgastar las relaciones con los jugadores. Si hay entrenadores que cambian en función de las circunstancias, según el trofeo que ganen o el golpe que reciban, es algo que no ocurre en su caso.

El Muñeco tiene muy claro lo que quiere y eso, quizás no ahora mismo pero sí a la larga, termina siendo exitoso. Cuando se transmite convicción y seguridad se le llega mejor al jugador y se gana en credibilidad y respeto, ingredientes claves para que todos se alineen mucho más con las ideas del entrenador, incluso aquellos a quienes les cuesta un poco más hacerlo, porque acaban por darse cuenta que el cambio está en ellos y que los únicos caminos posibles son adaptarse o marcharse.

Frente a Gimnasia, en La Plata, River dejó dudas (Fotobaires/)

Claro que al margen de estos aspectos se encuentra lo futbolístico. Hay gente que cree que jugar bien tiene que ver con los gustos cuando en realidad se trata de una cuestión conceptual. Gallardo siempre priorizó los jugadores de mayor dinámica y constancia por sobre los ingeniosos y talentosos para darle continuidad al ritmo que pretende. Prefiere los Nicolás De la Cruz o Nacho Fernández a los Jorge Carrascal o Juanfer Quintero, porque les impone muchas obligaciones a quienes cubren la mitad de la cancha y no todos pueden superar esa valla. Quintero es el mejor ejemplo en este sentido: ha sido el mayor exponente de talento que tuvo River en los últimos años y nunca pudo consolidarse. Basta con recordar que en la final ante Boca en Madrid fue suplente e ingresó como solución de un problema en la gestación del juego.

El concepto que persigue Gallardo en relación al pressing y la permanente vocación ofensiva -a veces sin pausa y demasiado vertical- demanda un alto grado de exigencia. Cuanto mayor es la velocidad a la que se pretende jugar, mayores son las necesidades de manejo de la técnica, ya sea para hacer buenos controles y pases, percibir lo que sucede alrededor, encontrar a un compañero o descubrir la mejor solución dentro de la cantidad de variantes que se presentan.

La zona de volantes es donde River muestra mayores dificultades. (LA NACION/Mauro Alfieri/)

River es un equipo que se toma pocos respiros en el partido y que da la sensación de que el cuerpo siempre le está pidiendo atacar, pero además de manera inmediata, automáticamente. Tanto, que a veces parece que el movimiento viene antes que la idea sobre lo que se pretende hacer. El problema es que para que todo esto funcione se requiere de futbolistas con niveles acordes a esa filosofía, y si no se tienen los apropiados, sobre todo en la mitad de la cancha y los laterales, el rendimiento baja.

Es ahí, en la zona de volantes, donde River muestra sus mayores conflictos en estos tiempos. Últimamente, ha pecado de ser un equipo precipitado. Todo el mundo desea presionar y llegar a posición de gol en cuatro pases, pero los partidos no suelen presentarse como se ven en la pizarra. Por lo general, los rivales esperan, no se desarman fácilmente, y se necesita ir desordenándolos para poner a los delanteros en mejores condiciones para recibir. También para no quedar desbalanceado, ya que atacar todo el tiempo y tan rápido genera desequilibrios defensivos, y River viene teniendo ese tipo de falencias. No se puede vivir del vértigo permanente y es todo un dilema depender siempre de la eficacia en las dos áreas.

Por eso auguro que a mediano plazo, y hasta encontrar los volantes aptos para manejar los partidos como a él le gusta (un tipo de jugador que por otro lado escasea, y mucho, en nuestro fútbol), pienso que Gallardo va a buscar un equipo que sea más solvente, que sin perder sus rasgos esenciales se defienda mejor y pueda sostener un resultado. Mientras tanto, intentará tener profundidad y amplitud con los laterales y movilidad en la delantera con Julián Álvarez, aunque creo que contra defensas bien paradas le hará falta un tercer mediocampista, y en ese caso, debería tratar de recuperar cuanto antes a Carrascal y Palavecino.

En medio de ese panorama incierto está hoy River, como si fuese un equipo en formación. Solo el transcurrir de los partidos nos dirá si Gallardo logra reinventarlo una vez más.