¿Los futbolistas del seleccionado hubiesen venido igual al cono Sur si en la final del Maracaná se les hubiera escapado la Copa América? ¿Se hubiesen atrevido a desafiar a sus patrones si la atmósfera estuviese espesa tras otra frustración? La respuesta no permite intrigas: sí, un sí rotundo. Lo demostraron. Estos futbolistas, los anteriores y los anteriores también. Están en la victoria porque ya habían aprendieron en la derrota que no hay permiso para faltar. Por eso no escucharon las recomendaciones de ‘sus dueños’ y honraron un legado que nació en la organización de Menotti y se entronizó desde el corazón de Diego Maradona. Presencialidad total. A diferencia de otras federaciones que aceptaron la sumisión, Argentina contó con todos. Con los campeones, sí. Pero fracasados, también hubiesen jugado en Caracas.

Brasil ahora le exige a la FIFA sanciones para los clubes que, con éxito, consiguieron desanimar a sus empleados. Eran nueve de la Premier League y no hubo ningún insurrecto. Los reglamentos amparan a los futbolistas, solo se trataba de sostenerse firme. Ahí aparece una cultura, una herencia, un mandato. Los jugadores argentinos escucharon, y como reacción inmediata, se embarcaron hacia el confín del mundo.

José Martínez, en la marca de Lionel Messi (YURI CORTEZ/)

El futbolista argentino no se perdonaría el delito de deserción. La camiseta albiceleste se transformó en un pasaporte y la selección argentina es una referencia colectiva de identidad. Con más o menos seguidores en la tribuna, travestis del resultadismo. Los que nunca cambian el sentimiento son los futbolistas. Alguna vez Heinze se peleó con Alex Ferguson, sí. Y Sorin se tuvo que ir de PSG, sí. Y Kily González se perdió una gran transferencia. El corazón de Ayala pagó con lesiones. Y Messi se le plantó a Pep Guardiola. Un denominador común: incorruptible pacto albiceleste. Esta generación heredó esa obsesión: desde los más expresivos como ‘Dibu’ Martínez y De Paul, a los más retraídos como Nahuel Molina o los Correa. ¿Quizás sufran represalias en algún momento? Quizás. Dubitativos abstenerse.

La patada de Martínez a Messi habrá paralizado el corazón de los jeques qataríes que gobiernan PSG. Contrataron fantasía, pero también liderazgo. Lealtad. Goleó Argentina, hizo tres y pudieron ser seis. El plantel acostumbrado al lujo del fútbol europeo dejó el potrero de Caracas y se marchó hacia San Pablo. Espera Brasil, llama la pasión. El grupo viaja con un encendido desprecio por las sugerencias de desamor.